Capítulo 16: “¿Hay alguien ahí…?” (¡Cumpleblog!)

He conseguido embarcarme en la turbulenta y a la vez silenciosa travesía que recorren las palabras que llegan desde mi experiencia hasta el corazón de las personas. Y ese viaje… oh, ¡ese viaje sí que es una aventura! 

Yo. Hace cinco minutos. En esta entrada. Sí, me he citado a mi misma.

Antes de ayer me saltó una notificación en Facebook que me decía que hace un año publiqué la primera entrada en mi blog: “Capítulo 1: Facebook y mi enfado con el mundo”. Eso significa que antes de ayer fue algo así como el cumpleaños de mi blog.

¡Feliz cumpleblog, “La ciudad del infinito”! 🙂

Hace una semana llegué a España, estoy disfrutando de tres semanas maravillosas de vacaciones en las que me he pegado a mis hermanos como una sanguijuela, intentando succionar de ellos todo el tiempo, todas las carcajadas, todas las conversaciones posibles para que me duren hasta Dios sabe cuándo nos volveremos a ver. También estoy comiendo y saboreando la comida de mi madre como si no tuviese fondo en mi estómago, estoy yéndome de tapeo con amigos que hace un montón de tiempo que no veo, paseando por las (de repente) increíblemente anchas y silenciosas calles de Madrid, en las que me da la sensación de que todo el mundo camina a su bola, mirando el teléfono o  algún punto perdido en el infinito, como queriendo evitar que su mirada se choque accidentalmente con la de algún otro transeúnte…

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Se me hace raro pensar que hace un año estaba exactamente donde estoy ahora: sentada en el sofá blanco de mi casa, con un café cuidadosamente posado sobre el libro de “La revolución silenciosa” (libro que hace un año me llevó a la India, y que ahora mismo me hace las veces de posa-vasos),  escribiendo una entrada ambigua en un blog que no sabía exactamente para qué, o para quién lo escribía…

Y no puedo evitar sentarme para reflexionar, y preguntarme a mi misma: ¿lo sé ya? ¿sé ya para qué, o para quién escribo..? 

Reflexión #1: Para QUIÉN escribo:

¿Hola? ¿Hay alguien ahí…? ¿Sí? ¿Quién eres..?

Creo que todos los blogueros en algún momento luchamos contra el mismo complejo: ¿quién nos lee? ¿para quién dedicamos horas (no sé los demás, pero en mi caso sí,  muchas veces son horas) retocando lo que escribimos, haciendo malabares con las palabras para intentar que suenen y lleguen de una forma o de otra? ¿para quién buscamos ser entendidos, cuestionados? ¿para quién intentamos ser excelentes en nuestras entradas…?

En mi caso, aunque este blog lo empecé escribiendo para mi (y esto es cierto, aunque suene muy a lo típico que se dice), como un espacio en el que podía procesar y expresar “en voz alta” ciertas cosas que sentía cuando decidí embarcarme en esta aventura, me he dado cuenta a lo largo de este año de que sí, hay otras personas, aunque no son muchas,  que no solo leen mi blog, si no que han reconocido a través de comentarios (públicos o privados) que la lectura de mi blog les ha afectado en algún momento de alguna manera. No necesariamente siempre para bien. No necesariamente para mal, tampoco. Para mi lo tremendamente interesante de recibir comentarios es darme cuenta de que algo que escribo puede llegarle a una persona de una forma, y a otra le llega de una forma totalmente distinta.. pero llega. Y en ese sentido, me hace feliz saber que, en ocasiones, he conseguido viajar mucho más lejos que a la India. He conseguido embarcarme en la turbulenta y a la vez silenciosa travesía que recorren las palabras que llegan desde mi experiencia hasta el corazón de las personas. Y ese viaje, oh.. ¡ese viaje sí que es una aventura! (qué bonito ma’ quedao, voy a ponerlo como cita de cabecera aunque lo haya escrito yo).

¿Para quién escribo, pues? Pues para ti, que al leerme me haces formar parte de ese viaje. Pero tengo que confesarte que a veces me pueden las ganas de conocerte. De gritar por escrito: ¿Hay alguien ahí…??, de decirte: Venga, muéstrate ¿Quién eres?? ¿Por qué me lees? ¿Qué buscas? ¿Cómo has llegado a este blog de un añito,  lleno de telarañas y divagaciones de una casi-adulta? ¿Qué te produce, qué te inspira..? Luego reflexiono un instante, y me doy cuenta de que quizá sea ese mismo factor de reserva y anonimato, ese silencio mediático lo que quizá haga de mi blog un lugar seguro. Un lugar secreto al que puedes llegar para conocerme un poco más, si te asusta preguntarme cosas. O en el que te puedes conocer mejor, si lo que te asusta es preguntarte cosas…

Reflexión #2: Para QUÉ escribo:

En esta sí que reconozco que me surgen muchas más dudas. Porque si escribo para ti, y no sé quién eres, me cuesta muchísimo escribir para identificarme contigo. Puedes pensar que es una tontería, pero te doy un ejemplo: Yo escribo en español, y a veces uso expresiones muy castellanas (o muy madrileñas), y de repente miro las visitas del blog y me doy cuenta de que la mitad de mis lectores son de Sudamérica, y me hace pensar que qué guay, qué chévere, qué bárbaro, qué copado todo, pero… ¿¿Quién coñ…caraj… me lee y me entiende,  a qué público me dirijo?? ¿Cómo escribir para ti, si no sé quién eres…?

Sí, quizás debería empezar por filtrar ciertas expresiones como “coñ..” o “caraj..”. Solo por si acaso (abuela, ¿estás ahí..??)

Y es que vamos a reconocer las cosas como son: este no es un blog de viajes. No, no lo es, no lo es ni aunque mi Instagram lleno de fotos de mis paseos por este país mágico quiera aparentar a veces que lo es. Es cierto que a veces he pensado que igual es lo que tendría más sentido que fuera, ya que estoy en la India y tendría sentido escribir sobre la India y mi vida aquí, y no sobre si los perros van al cielo o al infierno, o sobre si el ser humano es libre o no es libre. Sí, supongo que este blog tendría potencial de ser un gran blog si lo usara como un blog de viajes, pero desgraciadamente tengo muy mala intuición comercial para esas cosas… aunque permíteme desviar tu atención a la manera tan sutil y perspicaz con la que te acabo de colar mi “insta” hace exactamente seis líneas, NO SÉ, QUIZÁ PARA TENER MÁS #FOLLOWERS Y SER MÁS #TRENDING (no sé si lo he dicho bien, por favor, algún experto en traducción e interpretación de socialmedia-language me traduzca), quizás no tenga tan mala intuición comercial/publicitaria/mensajes subliminales al fin y al cabo, ehh, EHH..??

Uy, ¿qué ha sido eso? En fin. Continuemos… (miedito)

Por otro lado, tampoco es un blog de filosofía, ni de teología, ni de espiritualidad. Porque realmente mis entradas no tienen títulos como: “¿Van los perros al cielo o al infierno?”, o “¿Somos libres los seres humanos?”, ni es tampoco el propósito de este blog divagar sobre cuestiones tales (aunque reconozco que me gusta leer este tipo de cosas, no sé por qué). No, definitivamente no es un blog de grandes reflexiones ni un lugar para encontrar iluminación para las grandes preguntas de la vida.

Entonces.. ¿para qué es este blog? ¿para qué escribo?

Supongo que la respuesta más sencilla sería que escribo para contar una experiencia. Pero eso, a la vez, me lleva a preguntas más complejas: ¿qué experiencia? ¿mi experiencia como profesora? ¿como extranjera? ¿mi experiencia con la cultura?, ¿con el inglés?, ¿mi experiencia con la fe…? Y entonces se me abre un abanico entero de posibilidades. Y me doy cuenta de que, después de un año, quizás ya vaya siendo hora de definirme un poco como bloguera, lo que me enfrenta a la más aterradora de las preguntas:

¿Qué es realmente lo que quiero contar aquí?

Y yo, que en algún momento dije que escribía para ti, te invito a que me ayudes a pensar, y hagamos de esto una reflexión colaborativa. Quizá puedas ayudarme contestando tú a otra pregunta:

¿Qué es realmente lo que quieres leer aquí?

Espero tu respuesta. Solo si quieres. Pero piensa que este baby-blog acaba de cumplir un añito, y sería un poco feo irte de la fiesta sin hacerle ningún regalo 😉

Namasté, ¡y que la Providencia te acompañe!

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¡No solo mi blog cumple años!  La semana pasada me organizaron una pequeña fiesta sorpresa por mis 25, en mi iglesia, en Madrid.  ¡Gracias a todos por las felicitaciones!

Capítulo 15: Caos y re-enamoramiento

“No se puede encontrar un nuevo orden si no se pasa por un caos”

¡Bendito caos…!

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Hoy ha sido el último día de cole para los niños de Legacy School. Es increíble lo rápido que ha pasado el curso, y me he dado cuenta de que, a lo largo de todo este tiempo, ¡a penas he dedicado una entrada a hablar sobre el cole y lo que estoy haciendo! Supongo que es porque el cole ocupa demasiado tiempo en mi mente a lo largo del día, y como que al llegar a casa lo último que me apetece es ponerme a hablar sobre cosas de trabajo, como a todo el mundo.

He sentido una sensación extraña mientras veía a los niños marcharse cargando sus mochilas llenos de libros, cuadernos, manualidades que habían hecho durante el curso, cartas de sus amigos y profes… Me puse a pensar en que este es mi “primer último día de cole” en el que yo no soy una de esas niñas que se va cargada a casa con todas sus cosas. Ahora lo veo todo a través de los ojos de una profe. Bueno, quizá no simplemente de una profe cualquiera.. Lo cierto es que nunca me imaginé del todo como una profe, pero mucho menos me habría imaginado que sería profe en unas circunstancias tan… distintas. ¿Quién me iba a decir que mi primera experiencia en un colegio de primaria sería aquí? ¿¿Tan lejos?? Solo en mis sueños se me hubiera ocurrido la posibilidad de que una profesión tan “corriente” me llevaría a vivir una de las aventuras más intensas de mi vida: la aventura de ser una profe extranjera. Justo hoy me ha preguntado una de mis niñas…

Ma’am, how do you say “foreigner” in Spanish?

“Extranjero”

Ma’am, “tu es extranjero”

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Me reí para mis adentros y me acordé de uno de los niños a los que daba clase cuando estaba como profe de prácticas en Estados Unidos. “Miss Fernandez (así me llamaban), your accent is so cute!” (¡Tu acento es muy bonito!). ¿¿Será que estoy destinada a ser la profe rara?? Es cierto que llevo aquí algo menos de un año, pero cada vez me cuesta más imaginarme cómo debe ser enseñar en un aula sin tener que hacerme entender a través de gestos, sin que los niños tengan que corregir mi inglés de vez en cuando, o sin que haya mil comentarios de por medio sobre la ropa que llevo puesta o lo distinto que hago todo lo que hago…

Ha sido un curso escolar lleno de retos y nuevas experiencias, pero lo cierto es que he aprendido muchísimo, y lo que es mejor, me ha provocado más ganas de seguir aprendiendo. Debo confesar que, aún siendo profe, más de una vez he menospreciado la labor que esta profesión supone, y no siempre he creído que yo tuviera la motivación más correcta, o fuera la persona “más capacitada” para enseñar. Y es que al final, ¿qué es enseñar? ¿qué hay tan apasionante en transmitir conocimientos sobre una asignatura que, en mi caso, es mi propio idioma materno? ¿por qué elegir una profesión aparentemente “facilonga” y en la que no es fácil medir el éxito y la evolución profesional…?

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Creo que si tuviera que resumir lo que han supuesto estos meses de primera experiencia como docente, utilizaría las palabras “caos y re-enamoramiento”. La primera parte creo que se explica por sí sola: adaptarme a la cultura india + adaptarme a la cultura del cole ha supuesto sumergirme de lleno en el caos de la India + el caos de un colegio internacional que, en cuanto a proceso de crecimiento, se podría decir que está en “plena adolescencia”. Así que en muchos sentidos, sí, ha sido un caos de los pies a la cabeza y ha habido más de una ocasión en la que me han dado muchas ganas de tirarme de los pelos y mandarlo todo a la porra.

Pero el caos también viene con el re-enamoramiento. El caso es que hoy, cuando veía a los niños marcharse con las mochilas cargadas, las sonrisas de oreja a oreja y alguna que otra lágrima de algún compañero que deja el colegio, me he dado cuenta de que durante estos meses ha habido algo que me ha re-enamorado poco a poco de aquella profesión que un día elegí sin saber realmente a dónde me llevaría. No sé cómo ha pasado, en medio de todo el caos que ha supuesto esta experiencia, que de repente me he encontrado a mi misma con la mirada perdida en los ojos de un niño, y he vuelto a ver el colegio con expectativa y esperanza para el futuro. Y sí, sé que este año me he peleado mucho con esta palabra, y quizá todavía tengo mis dudas sobre si es la esperanza o la fe lo último que se pierde, pero desde luego que el haber dedicado tiempo todos los días a enseñar y a aprender con personas (sí, porque los niños no son personitas, son personas) llenas de ilusión y ansias de vivir la vida, con curiosidad, con preguntas interesantes, con inocencia y la carencia de filtros…  Eso, de alguna forma, tiene algo fresco que se te contagia. Me he dado cuenta de que, al final del día, un maestro o maestra no es alguien que enseña algo, si no alguien que invierte tiempo de su vida para servir dentro de una comunidad de aprendizaje, para observar e intentar comprender las ideas, creencias y visión del mundo en el que viven los niños, ya sea a través de un idioma, una canción, un juego, a través de las matemáticas… Se trata de transmitirles el mensaje de que, al final, son ellos los que tienen que construir algo, y tienen que hacerlo juntos. Y que aunque nosotros, los adultos, estamos ahí para ayudarles y facilitarles el proceso, lo cierto es que no estaremos siempre. Les delegamos el mundo…si es que alguna vez algo de él nos ha pertenecido.

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Puede que esta sea hasta la fecha mi entrada más cursi. Y es que creo que los niños sacan mi lado más cursi. Los niños consiguen que en vez de mandar cosas a la mierda las mande a la porra.

Y me encanta. Me ha encantado ser profe.

Namasté.

Mujer – Elisabeth Sánchez


La bomba que se detona con una sola chispa.
Siento como suena el tic tac en mis entrañas.
Es la sensación de ser completamente vulnerable
y la certeza de que estoy quiera o no en esta batalla.

Mujeres del mundo, cómo os admiro,
que aún en lo más oscuro producís y cuidáis vidas.
Y el que crea que vivir adentro de estas curvas es fácil,
le invito a que pase la noche en el foso de los leones
e intente evitar como nosotras la locura.

Pues qué es sino este intento sentido.
¿Cómo hacemos para sondear este mar embravecido?
Abro los ojos y respiro… Abro los ojos y suspiro…
Queda un aliento en este cuerpo abatido,
camino hacia adelante recordando lo que soy,
seré y he sido.

Mujer.

Elisabeth Sanchez, creadora del blog Picnic int he Sun

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“He tomado una indecisión”

Hay libertad esperando por ti en las brisas del cielo, y tú preguntas: “¿y si me caigo?” Pero oh, amor. ¿Y si vuelas…?   
– Erin Hanson 

Vaya, no quería tirar tan pronto de la típica reflexión: “viajé y me encontré a mi misma” que te encuentras en el 80% de los blogs de viajes. Pero el hecho de que no quiera caer en el cliché no significa que no sea cierto. Viajar te hace descubrirte en cierto sentido, te hace encontrarte con áreas de tu carácter que quizá no ves de forma tan obvia en medio de tu cotidianidad, o cuando todo está más o menos “bajo control”. Supongo que es porque cuando sales de tu zona de confort, ya sea porque viajas, te independizas, o porque cambias de trabajo (¡o todo a la vez!) te encuentras a ti mismo en situaciones en las que no estás protegido o condicionado por tu entorno familiar, y no te queda más remedio que pensar, actuar y decidir siendo 100% tú mismo, independiente. Y te digo la verdad: me he llevado más de una sorpresa dándome cuenta de algunas cosas sobre mi misma que desconocía o de las que no me acordaba. Y es que es ciertamente en ese proceso incómodo pero a la vez gratificante y liberador de salir de la comodidad y el calor del nido.. que uno se encuentra a sí mismo en todo su esplendor, con lo mejor de sus encantos y lo peor de sus miserias…

Bueno, otro día dedicaré una entrada a un ejercicio retroinspectivo más completo. Hoy solo quería comentarte que, especialmente últimamente, me estoy enfrentando cada día a una característica de mi personalidad que en realidad ya conocía, pero que nunca me había resultado tan obvia y molesta como ahora:

Mi incapacidad para tomar decisiones.

En serio, qué puñetera maldición. Me cuesta horrores tomar decisiones. Y ya no me refiero a cosas importantes, que supongo que todos nos vemos en esos momentos de incertidumbre de vez en cuando. Es algo más, es que me estoy dando cuenta de que la indecisión es una constante en mi día a día que determina más aspectos de mi vida de lo que quisiera pensar. Es despertarme algunas mañanas y no desayunar porque no soy capaz de decidir qué quiero desayunar. Es dejar que pidan por mi en un restaurante para no tener que elegir lo que quiero comer. Es no comprarme ropa en más de un año por no tener que pensar en qué estilo me gusta más, es tener las puntas abiertas durante meses porque no puedo ir a la peluquería sin haber decidido exactamente lo que quiero hacerme en el pelo. Es quedarme en casa un viernes por la noche por no tener que decidir entre dos planes que me han propuesto. Es no escribir en el blog porque no soy capaz de decidir qué quiero contarte… o cómo quiero contártelo.

Sé lo que estás pensando. ¿No será que además de indecisa eres un poco vaga…? Sí, en parte puede ser. Soy una persona más reactiva que proactiva, me dejo llevar por el viento cual Pocahontas y no me gusta tener que tomar el control o las riendas de las circunstancias (¿evadir responsabilidades? Yes). Pero oye, no pienses que son todo desventajas. Este aspecto de mi personalidad también va de la mano de que soy una persona muy flexible, muy adaptable a las circunstancias, muy paciente, muy resistente. Soy camaleónica a más no poder, y eso me ayuda, a veces, a sobrevivir en un mundo cambiante y difícil… como la India.

Pero tiene sus perrerías. Sobre todo cuando te encuentras en uno de esos momentos en los que la vida te acorrala para que tomes decisiones en las que no puedes depender de nada más que de ti mismo y de tu decisión. Esos momentos en los que el viento no sopla hacia ninguna parte y la abuela Sauce parece haberse marchado de vacaciones. Tus padres no pueden decidir por ti, tus profesores o tus jefes no pueden decidir por ti, tus amigos no pueden decidir por ti y tus circunstancias no pueden decidir por ti. Estás tú, sola ante la incertidumbre de la vida sin saber “qué camino elijo yo…♪” (ok, última alusión a Pocahontas).

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Todos nos encontramos en esos momentos alguna vez, pero si encima eres como yo, indecisa, reactiva y dependiente, puede que caigas en una pequeña especie de bloqueo existencial de vida y muerte y naturalmente te paralices. Y si eres como yo, quizá te identifiques con el hecho de que, en esos momentos, tu tendencia natural va a ser más hacia la dispersión que hacia la concentración. En vez de pararte a pensar, tu cerebro lo que va a hacer es pedirte vídeos de Youtube, nuevos amigos, mucho trabajo, planes o situaciones que ayuden a evadirte inconscientemente de que la vida te está pidiendo a gritos que tomes las riendas y decidas algo. 

Este último mes en Bangalore ha sido un mes… intenso. No sabes la de entradas que he empezado en el blog, literalmente, gritando por escrito. Algo así como: SJAKJKSKSJKSK!!! KDWLSklDAKLDAKLKDLAJ!!!!!! AAAAAAAAAAAKSKAWWRGHHHHHHH! De verdad, que he empezado a escribir cosas que he tenido que aparcar de forma definitiva en “Borradores” por su contenido inapropiado de “demasiadas verdades subjetivas/reveladoras que van a terminar siendo contraproducentes”. El caso es que me he encontrado varias veces este mes con mi mundo patas arriba esperando a que yo mueva la siguiente ficha, y finalmente, puedo decir que he tomado varias decisiones… Y también algunas indecisiones.

“He tomado una indecisión”. La historia de mi vida.

Y es que, quieras que no, no decidir también es una decisión. Dejarse llevar (suena demasiado bien…♫) es una decisión tanto o más determinante que las decisiones que no tomas. Y está bien, es una opción más, pero lo que he aprendido es que las consecuencias de una indecisión pueden ser igual de fuertes que las de una decisión, ya sea buena o mala (si es que realmente se pueden categorizar así las decisiones). ¿Por qué, entonces, muchas veces decidimos no decidir? Pues no sé si se aplica a todo el mundo, pero te voy a decir por qué creo que es en mi caso, y es básicamente por miedo. Un profundo, irracional y acosador miedo al error. Y creo que esto es muy común en personas que somos de alguna manera un poco perfeccionistas, o que de pequeños hemos tenido una experiencia muy competitiva en el cole… O por qué no, también lo diré, creo que a los que nos hemos criado dentro de la “cultura de Iglesia” tampoco se nos ha favorecido mucho el aprendizaje por ensayo y error, por así decirlo. Es posible que me equivoque, pero pienso que en parte este factor también ha generado más miedo y más presión a la hora de tomar decisiones, y es que éstas además de ser acertadas tienen que ser sabias, racionales y a la vez estar en sintonía con un propósito espiritual de fondo… 

No voy a entrar en los detalles del relato porque no lo considero oportuno, pero me gustaría compartirte que antes de la India viví una etapa demasiado larga de mi vida bloqueada por una indecisión, simplemente porque era incapaz de aceptar el hecho de que podía equivocarme. La idea me paralizaba, me aterrorizaba. Suena muy enfermizo, lo sé, pero finalmente me ayudó a aprender una de las lecciones más duras y a la vez más útiles y bonitas de mi vida: Y es que a veces vale la pena equivocarse. A veces vale la pena tropezar más de una vez con la misma preciosa y jodida piedra, porque lo que vives y lo que aprendes en el proceso de aprendizaje es demasiado valioso como para arrepentirte de haberte equivocado. Que a veces te levantas con más fuerza de una caída de lo que nunca hubieras podido elevarte al estar obsesionado por caminar en línea recta, que a veces arriesgarte al error y tomar un desvío es la única forma de encontrar tu propio camino…

Mi mal consejo (o consejo para que cojas con pinzas, como todos los que doy): Equivócate más, si es necesario. Aprenderás a desdramatizar el error y a que no se convierta en la proyección de todos tus miedos, en la obsesión de un fantasma imposible de vencer. Prueba, cae, llora, cambia, prueba otra vez, sufre, decide. Decide e invita a las consecuencias de tus decisiones a ser parte de tu vida y a construirte como persona.

Puede que te caigas. Varias veces. Pero aprenderás a volar.

Y aprovecho para compartir que este mes tomé la decisión (¿o la indecisión?) de ampliar el contrato con el cole y quedarme un añito más por la India.

Namasté, y que la Providencia te acompañe y te guíe en tus decisiones e indecisiones 😉

Abi: Lo que de la India me llevé

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Querida Consu:

Llevo muchos días dándole vueltas a esta entrada, pensando y pensando, y al final lo único que consigo es volver una y otra vez a la misma pregunta: ¿cómo lo haces? ¿Cómo te las apañas para detenerte de vez en cuando en medio del océano de anécdotas, impresiones y sensaciones en el que vives y ponerte a escribir? Sinceramente, después de pasar un mes contigo en la India estoy dispuesta a creer que en realidad fueron seis meses, y que alguien me está tomando el pelo con los calendarios. Es la única explicación que se me ocurre para que todas esas experiencias que veo cuando vuelvo la vista atrás tengan cabida en solo treinta días.

No creo que valga la pena intentar hacer un resumen de este viaje. Me conozco, y sé que la brevedad no es lo mío. Tampoco creo que sirva de mucho intentar pintar una imagen fiel de la India, de sus costumbres y de su cultura: para eso ya tienes muchas otras entradas en este blog, y, de todas formas, dudo mucho que en solo un mes pueda hacerme una idea de todo lo que entraña este país. Ni cien viajes en rickshaw, ni doscientos platos de dahl con arroz, ni mil palabras mal pronunciadas en kannada van a prepararme para hacer una descripción cercana a la realidad. No soy Dominique Lapierre, y tampoco lo pretendo. Lo único que aspiro a hacer en esta entrada, y el verdadero motivo por el que he decidido al menos intentar escribir algo, averiguar si tengo alguna respuesta para aquella pregunta que me lanzaste varias veces a lo largo de este viaje:

¿Qué te llevas de la India?

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Sé que es una pregunta que se les hace a todos los que pasan un tiempo allí, pero para mí en particular resulta muy interesante. Porque, honestamente, la India no es uno de esos países que yo haya querido conocer durante toda mi vida. No la ignoraba completamente, por supuesto, ni era ajena a ciertos aspectos de su historia y su cultura. Pero no me despertaba ningún interés especial, y de hecho nunca la incluí en una de las muchas «Listas de países que quiero conocer algún día» que he elaborado desde pequeña. No sé muy bien por qué, aunque lo sospecho. Cuando reflexiono sobre ello, no puedo evitar acordarme de lo que decía Sandra Cisneros en su novela La casa en Mango Street: «La gente que vive en las colinas duerme tan cerca de las estrellas que olvida a aquellos que viven muy cerca de la tierra. No miran abajo nunca, salvo para alegrarse de vivir en las colinas».

Por eso debo admitir que cuando me enteré de que iba a tener la oportunidad de pasar las Navidades contigo sentí una gran alegría, pero también, al menos cuando empecé a pensar en ello, cierta inquietud. No podía evitar preguntarme qué iba a encontrar en la India, y si realmente iba a estar preparada para ello. «¿Qué voy a descubrir sobre mí misma y sobre la cultura en la que vivo? ¿Y si no me gusta? ¿Y si, una vez que abra los ojos a esa realidad, me resulta imposible volver a cerrarlos?».

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Tengo que admitir que, en medio de todas estas reflexiones, nunca me imaginé que iba a disfrutar de la India tanto como lo hice.

Cuando me presentabas a tus amigos, yo les decía lo mismo a casi todos: «He venido a averiguar qué tiene la India para que mi hermana haya decidido quedarse». Y sí, lo decía medio en broma, pero también, lo reconozco, con cierta intriga. ¿Por qué quedarse a vivir en un país donde hay tantas dificultades? ¿Por qué meterte de lleno en una cultura tan distinta, llena de cosas que no entendemos, y que quizá no entendamos nunca? «La India es un país de contrastes», recuerdo que decías en una de tus entradas. ¡Y tanto! ¿Acaso es posible llegar a acostumbrarse a un lugar tan heterogéneo?

Parece, sin embargo, que no es necesario acostumbrarse a la India para encontrarla cautivante.

¿Qué te llevas de la India, Abi? Hoy, dos semanas después de volver, sentada frente a mi cuaderno, esa pregunta sigue siendo tan difícil de contestar como cuando me la hiciste en un rickshaw saliendo de la Fundación Vicente Ferrer. Porque sé que no puedo meter en una maleta la alegría de los niños que corrían hacia nosotras en las aldeas de Anantapur, ni la amabilidad de las familias que nos cogieron en sus casas (a veces a horas intempestivas…), ni la amistad que tantas personas me regalaron sin reservas nada más conocerme. Y, aunque pudiera, ¿acaso los que vivimos en las colinas podemos arrancar trozos de tierra y llevárnoslos en los bolsillos como simples souvenirs? ¿Podemos poseer recuerdos y convertirlos en moralejas, discursos sobre la vida o álbumes de fotos? Creo que es difícil. Sobre todo, cuando en un lugar donde solo esperabas verte abrumada por la necesidad de otros has acabado aprendiendo sobre tu propia necesidad.

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Estoy desvariando, lo sé. Es mi especialidad. Pero lo que estoy intentando decir es que, si bien podría nombrar muchas cosas que «me llevo» de la India, creo que sería más acertado decir que la India se ha quedado con una parte de mí. Ya no podré volver a pensar en ella como «ese país del que sé muy poco y del que tampoco me interesa descubrir mucho más». Ahora es un lugar donde he dejado amigo, historias, huellas de caminos recorridos, imágenes de conmovedora belleza… y, al menos por el momento, familia. Y creo que también conozco la respuesta a mi pregunta de por qué has elegido quedarte allí: seguramente te ha sucedido algo similar.

No sé qué significará esto para nuestras vidas en el futuro, o si hay algún límite para el número de países donde podemos dejar trozos de nosotras mismas antes de volvernos locas (bueno, más). Pero sé que estoy feliz, agradecida y cambiada por esta experiencia, y que a partir de ahora leeré tu blog con una mirada muy diferente, sabiendo que he formado parte de esta aventura e incluso he tenido el honor de escribir uno de sus capítulos. Y, si Dios quiere, espero que no sea el único.

¡Namasté!

Abi

 

El mensaje

Hay un mensaje escondido en el viento

que surca los mares, cabalga los montes.

Un secreto enterrado en un campo, en medio del desierto.

Una voz que susurra en lo profundo del alma,

Una pequeña llama viva.

.

Hay un mensaje que traspasa la historia.

Un misterio en el tiempo, un rayo de sol,

Una palabra de paz, un grito silencioso,

Un color que destruye los blancos y negros.

Un color en el gris…

.

Hay un mensaje que sobrevive a los libros,

A las culturas, a las religiones.

Un mensaje que atraviesa cristales de iglesias,

Que enmudece los cantos de las mezquitas,

Que hace eco en lo infinito de los templos.

.

Hay un mensaje camuflado en la mirada

empañada de empatía,

En la mano extendida que ofrece su nada.

En el viento que sopla en la distancia entre tú y yo,

Entre tu dolor y el mío.

.

Hay un mensaje que vuela y desgarra.

Una semilla pequeña, no sé si de mostaza.

Que acerca dos vidas,

Que acerca dos mundos,

Un ladrón en la noche.

.

Hay un mensaje de amor que transforma,

Que rebalsa, rebosa. Que no se contiene.

Una luz en la mesa que alumbra una casa,

Una pizca de sal que sana la herida

Que hay en ti. Que hay en mi.

Pequeñas llamas vivas…

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30 de Diciembre de 2016,

Poema en el coche, de camino a conocer un proyecto de la Fundación.

La luz del mundo

Contemplando con amor las caras macilentas que tenía delante, repitió las mismas palabras que Jesús:

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”

Mientras pronunciaba estas palabras, experimentó un cierto malestar. ¿Necesitan verdaderamente palabras? Se preguntó. ¿Es que no son ya todos el mismo Cristo, el vehículo, el sacramento? ¿Acaso no son los pobres de las Escrituras, los pobres de Yavé, los hombres en los que Jesús se encarnó cuando dijo que donde hubiera pobres Él estaría con ellos…?

Después de un silencio, abrió los brazos como para abrazar a aquel puñado de hombres y mujeres que sufrían. Queriendo impregnarles el mensaje del evangelio desde aquella primera mañana, miró intensamente a cada uno de sus nuevos hermanos y hermanas. Luego, dejando que Cristo hablara por su voz, exclamó:

“Vosotros sois la luz del mundo”

 

Dominique Lapierre – La ciudad de la alegría

 

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Capítulo 14: Sobre religión. Diez encuentros.

“Dejar a Dios… por amor a Él”

Vicente Ferrer

Creo que esta es LA entrada que lleva rondando en mi mente desde el primer minuto que aterricé en India, entrada que lleva en borradores desde hace meses porque me cuesta muchísimo ponerme delante de esta página en blanco y escribir sobre ella. Sin embargo, creo que ya va siendo hora de dejar mi perfeccionismo a un lado y dejarme llevar por el teclado sin pensar demasiado. Creo que será más fácil si me limito a describir algunos acontecimientos anecdóticos en vez de intentar volcar todas mis divagaciones en forma de reflexión.

De todas formas, me resulta muy difícil hablarte de religión sin explicarte que vengo de un transfondo religioso. Te lo digo así porque en el teclado no me tiembla la voz, pero lo cierto es que nunca antes lo hubiera expresado de esta forma… Y es que si hay algo que le molesta a cualquier religioso es reconocer que  es religioso. Sí, igual que un hipster nunca se definiría a sí mismo como hipster, porque hacerlo sería muy poco hipster. Empecé a darme cuenta de este detalle cuando tenía quince años y estaba hablando con una chica musulmana sobre nuestras creencias, y de repente la tía me suelta una frase que me rebanó el cerebro:

“Yo es que no creo en una religión, yo creo en una relación con Dios”

Ay va, la leche.. ¿¿pero esa frase no nos la habíamos inventado los cristianos..?? (y así empezó otra de las innumerables crisis religiosas que he tenido a lo largo de mi vida).

Desde pequeña he crecido y me han educado en la fe cristiana evangélica, la cual no tengo intención de explicar ahora porque no es el propósito de esta entrada (pero que si de verdad te interesa y me lo pides personalmente estaría dispuesta a escribir una entrada explicativa aunque sea solo para ti). Aún así, y por ese síndrome de auto definición anti-religiosa que tenemos los religiosos, nunca me ha gustado considerarme a mi misma como tal, y seguramente hasta hace poco te hubiera contestado lo mismo que esta chica musulmana. Pero lo era, vaya si lo era, y en muchos sentidos lo soy todavía, aunque puede que cada vez de forma menos “ortodoxa” (y a día de hoy todavía no sé si esto es bueno o es malo).  Te cuento esto porque, aunque para ti estas cosas sobre religión pueden ser puramente anecdóticas y tener cero importancia, ya que te has adentrado en esta etapa de mi vida tan particular quiero que entiendas que para mi, por lo que he pensado, crecido creyendo, y por lo que me ha dado identidad toda mi vida, son cosas suficientemente valiosas e importantes como para pensarlas más de la cuenta. Así que perdóname si le doy más de una vuelta y media a la tortilla…

La primera vez que vine a India fue en un mini-viaje misionero con la iglesia, hace más de tres años ya. Entonces tenía las cosas clarísimas en mi vida, y una parte de mi se comía el mundo con ese viaje. En ese momento me hubiera quedado de misionera y evangelizado a las naciones del mundo entero, empezando por el Himalaya, y me hubiera bancado las fiebres y las diarreas que hubieran hecho falta…. Sin embargo, creo que no es casualidad que me encuentre en la India después de que la vida (o quién sabe, quizá Dios mismo) me haya dado un par de buenas ost… así, con la mano abierta. Y digo que creo que no es casualidad porque los religiosos raramente creemos en la casualidad, y por esto a veces me da por pensar que quizás tenía que llevarme una buena cura de humildad (de la que aún hoy necesito una buena rebanada diaria) para volver a este país con la mente vacía y verdaderamente dispuesta a escuchar. Y dispuesta a aprender.

Ahora, dicen que hay dos formas de aprender (y aunque sea en esto, dadme un poco de crédito como profe): Una es por aprendizaje pasivo, por la que uno se deja imponer la información desde fuera sin hacer mucho análisis crítico ni constructivo, debido a que en el fondo no le interesa verdaderamente aprender. Es un aprendizaje conformista, un medio más que un fin en sí mismo, un aprender sin “mojarse demasiado”, por así decirlo. Por otro lado está el aprendizaje activo, en el que uno se sumerge, se mancha, se empapa (a veces se ahoga), porque hay un interés genuino y último de entender y aprender, cueste lo que cueste y aunque nos rompamos la cabeza contra la pared.

Y eso es lo que estoy intentando hacer en esta etapa: Aprender, pero de verdad. Con la mente abierta. Sin cerrar los ojos ante nada. A escuchar, también, lo que me resulta incómodo escuchar…

Bueno, y una vez te he soltado este rollo, te voy a dar unas pinceladas de algunos encuentros o anécdotas interreligiosas que he tenido y han dejado su pequeña huella en mi paseo por la India, en este proceso bruto de aprendizaje #nofilters. Sin hacer un análisis teológico ni reflexivo sobre ellos (eso te lo dejo a ti, si quieres).

Encuentro #1: Iglesia

Desde que estoy aquí he visitado algunas iglesias. Bueno, quien dice algunas dice tres, para ser exactos. La primera era una muy pequeña, de un amigo (conocido) que vive en Bangalore y me invitó a visitarla. El efecto iglesia-pequeña-india fue que nada más poner un pie dentro me pidieron que cantase, tocase la guitarra, predicase y si podía hacerlo todo a la vez, mejor. Fue muy abrumador. La segunda iglesia que visité hizo que casi me quedase sorda. Canciones a grito pelado en kannada y batería a saco. Y bueno, una predicación interminable sobre ni me acuerdo qué, porque después de tres horas decidí que me iba (no sin antes mandarles un pequeño vídeo-reportaje a mi familia desde el baño de la iglesia para hacer la gracia). La tercera iglesia era una iglesia anglicana, un poco más parecida al prototipo de iglesia occidental a la que estaba acostumbrada… y era muy grande. Demasiado grande, quizás, para mi, que he crecido en una iglesia en la que me paseo en calcetines y el púlpito está a la misma distancia que el baño… era como estar sola en medio de cientos de personas.

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Esta es la Iglesia de Anantapur, en la que no sabes bien si Jesús intenta abrazarte o hacerte parte de un ejército de apocalipsis zombie. #miedito

Encuentro #2: Templo de Sai Baba

Cuando todavía estaba en Anantapur visité con unos amigos el templo del famoso Sai Baba. Un gurú, líder espiritual  con miles de discípulos por todo el mundo que se hizo famoso internacionalmente por realizar todo tipo de milagros, desde la materialización de objetos de oro (anillos, diamantes, relojes), resurrecciones, sanidades… aunque no libre de fuertes polémicas. Fue estremecedor ver la devoción de prácticamente la totalidad de la región de Puttaparthi, donde levantó un hospital gigantesco entre otras iniciativas sociales. Una de mis ex-alumnas de la Escuela Profesional me dijo un día que, para ella, solo había dos dioses (que un hindú diga esto es bastante revolucionario): Vicente Ferrer y Sai Baba. Cuando le pregunté por qué, me dijo que para ella los humanos eran humanos y eran imperfectos, y que los únicos dignos de su devoción eran aquellos que habían hecho algo por ella y por su familia.

“Mi tío se salvó de una enfermedad terminal en el hospital de Sai Baba. Fue un milagro y siempre le estaré agradecida”.

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Con mi amiga Narmadita

Encuentro #3: Rubbi y su hiyab.

Un día estaba hablando con otra alumna de la escuela profesional, que es musulmana, y no pude evitar preguntarle por el hiyab que tenía que ponerse cada vez que salía a la calle. ¿No te molesta? Le pregunté. No, no me molesta, estoy acostumbrada. Tu llevas una ropa distinta a la mía porque estás acostumbrada… A partir de ahí tuvo lugar una conversación de lo más interesante sobre Dios, religión, restricciones, diferencias, cultura… de todo un poco.

Me enseñó a ponerme mi pañuelo en la cabeza a modo hiyab, y tengo que decir que, por incómodo que pueda parecer, ha resultado ser el descubrimiento del siglo en cuanto a protegerme de la constante exposición al sol. En el cole llevamos semanas echando horas en el patio con los niños entrenando para las olimpiadas, y ahí nos ves a la mitad de las profes con los pañuelos cubriéndonos toda la cabeza, que parece que nos vamos a peregrinar a la Meca…

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Encuentro #4: Teología de una niña de ocho años

Hace poco y sin venir a cuento de nada, una niña del cole (ocho años de edad) me preguntó que si iba a la iglesia (parece que aquí a la mayoría de los blanquitos nos meten en la categoría de cristianos porque venimos de “países cristianos”). Me dijo que ella era musulmana…

 …pero yo creo que todas las religiones van a ir al cielo.

¿Sí? ¿Por qué piensas eso? (pregunto)

Bueno, a ver… es que tengo unas amigas que un día me dijeron que es que si no soy cristiana no voy a ir al cielo. Pero yo creo que no es que a Dios solo le guste UNA religión, porque como que todas tienen cosas buenas… Y creo que a Dios le gustan las cosas buenas y las personas buenas…

Encuentro #5: Orando con mis alumnas

Durante mis últimas semanas en Anantapur las niñas de la escuela se presentaban a los exámenes finales. Me enteré de que había un grupo de ellas que eran cristianas y que todos los jueves por la noche se juntaban para rezar y leer la Biblia, así que les pregunté si un día podía ir a cotillear. Total, que una de esas noches aparecí en la escuela, me dejé guiar por unas vocecillas suaves y unánimes que cantaban alabanzas en telugu y me las encontré ahí, a siete de ellas, sentadas en un círculo con sus pañuelos en la cabeza. Después de cantar, se pasaron una Biblia e iban leyendo cada una un versículo, y cuando llegó mi turno me señalaron la traducción en inglés. Luego oramos las unas por las otras, por los exámenes, las entrevistas, la familia… y las preocupaciones de cara al futuro en general.

Encuentro #6: Diwali

El mes pasado celebramos Diwali, el festival de las luces. Es una fiesta hindú que representa la victoria de la luz sobre la oscuridad. Para los hindúes es como su Navidad, y la India se pone patas arriba. Mis compis de piso y yo, que no somos muy fans del ruido y los petardos, nos fuimos con un grupo de amigos a pasar el fin de semana en la montaña de Chickmangalore. Los majísimos dueños del hostal en el que nos quedamos nos invitaron a presenciar su celebración de Diwali. Esa noche llenaron la casa entera de velas e hicieron algunas poojas, que son como pequeños rituales en los que queman incienso delante de las figuras de sus dioses, como en un acto de gratitud e invocación de prosperidad sobre ciertas cosas.

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Esta foto la hice desde fuera del cuarto, ya que nos habíamos tomado un par de cervezas antes de la ocasión y eso nos hacía totalmente indignos de estar ahí presentes. Pero bueno, que tampoco tenía intención de hacerlo. Todos hemos visto esa escena de Indiana Jones...

Encuentro #7: El Corán

Hace una semana me encontré un vídeo en Facebook de una musulmana feminista (sí, aunque es posible que ambos conceptos te rechinen en los oídos), vídeo que me llevó a otro, y a otro, y que al final no sé cómo acabé descargándome una versión pdf del Corán. El caso es que aconteció que, justo unos días después, me encontré con que algunos de mis vecinos musulmanes habían montado unas mesas en la calle y estaban regalando Coráns.. (¿coranes…? ¿croasanes? jo, ¡ojalá hubieran estado repartiendo croasanes…!). El caso es que aproveché para saludarles y preguntarles si me podía llevar uno. Bueno, pues resulta que aprendí algo que no sabía sobre los musulmanes porque no estoy acostumbrada a verlo en España, pero parece que son bastante proselitistas, y pueden llegar a serlo al más puro estilo “testigo de Jehová” que te puedas imaginar. Madre mía, que me tiré ahí una hora hablando con ellos, que si profecías, que si el mesías, que si la virgen y san José. He de decir que me llamó muchísimo la atención lo muy, muy “evangélicos” que me sonaban muchos de sus argumentos. Vamos, que al final tuve que cortarles porque había quedado con un amigo y llegaba tarde, así que les dejé ahí a los pobres súper preocupados por mi salvación (y puede que con razón).

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Mezquita de al lado de casa

Encuentro #8: Meditación y sanidad espiritual

El finde pasado por el cumple de una amiga estuve en Neredu Valley, un centro de retiros de “meditación y sanidad espiritual”. En realidad solo pasamos allí un día de tranquis y realmente no había ninguna actividad organizada para nuestro grupo. Pero bueno, el caso es que una de mis amigas (que es la alemana menos alemana que podrás encontrarte en este planeta) a la que le mola mucho el tema del yoga, y el karma y todas estas movidas de las cuales tengo que enterarme porque la verdad es que no estoy muy puesta, nos propuso hacer una actividad en la cual teníamos que mirarnos a los ojos los unos a los otros durante un buen rato, hasta que sintiéramos que de alguna forma conectábamos (¿?) con la otra persona (tenía una explicación más profunda pero la verdad es que si te la intento contar me la voy a acabar inventando, así que prefiero no columpiarme). Fue un poco raro al principio porque la mayoría de las chicas que estábamos ahí no teníamos ni idea de lo que estábamos haciendo e inevitablemente nos entraba la risa floja (qué poco espirituales somos, de verdad), pero fue muy impactante  ver que, poco a poco, algunas terminaron profundamente tocadas después de algo tan aparentemente simple como mirar a los ojos a otra persona durante un rato. Fue increíble lo rápido que pasamos de la risa a las lágrimas y de las lágrimas a la risa otra vez.

Más tarde hicimos una hoguera en la que quemamos papelitos donde habíamos escrito cosas que queríamos dejar atrás, y también sueños para el futuro. Estuvimos un buen rato ahí tirados al calor de la hoguera, mirando el cielo plagado de estrellas … uno de esos momentos imposibles de capturar.

Encuentro #9: “Amén”

Esto más bien es una pequeña anécdota que pasó el otro día y me hizo un poco de gracia. Resulta que en mi cole los martes nos reunimos todos en asamblea para llevar a cabo distintas actividades. A mi, como la única profe española, me tocó dirigir el “Spanish Day”  y organizar algunas actividades relacionadas con el español (entre otras cosas, enseñé a mis alumnos a cantar “La Bamba” y a bailar “La macarena”). El caso es que con toda la locura que supuso la planificación de último momento se me olvidó preparar el discurso de bienvenida que siempre hacen los profes cuando les toca dirigir la asamblea,  y entre otras cosas este pequeño discurso suele contener un breve “pensamiento del día” y una oración/ rezo/ plegaria.  Aunque no es un colegio religioso, aquí en la India la espiritualidad está fuertemente arraigada en la cultura, y muchas veces es normal que musulmanes, hindúes y cristianos recen juntos a un “dios neutro” (como dicen ellos). El caso es que me tocó improvisar esa pequeña parte,  y bueno, a pesar de que fui lo más escueta posible por temor a hacer o decir nada que fuera políticamente incorrecto u ofensivo, parece ser que mi oración nerviosa y con los ojos abiertos no pasó desapercibida, y de reojo vi cómo se reían algunas de mis compis profes. Más tarde les pregunté…

Es que ese “amén” al final ha sonado muy cristiano, aquí no lo usamos porque intentamos ser neutros… Pero bueno, ¡que nos ha gustado mucho tu oración! 

Lo siento, una que no puede estar a todo…

Encuentro #10: Vicente Ferrer y la Providencia.

Sin duda uno de los encuentros religiosos más impactantes que tuve fue en realidad antes de venir a la India, y fue con la propia persona de Vicente Ferrer, a través de su biografía. Ya una vez escribí una entrada sobre cómo el testimonio de este hombre me había inspirado a viajar tan lejos y tan fuera de mi zona de confort, y cómo su forma de pensar me había confrontado en un momento de mi vida en el que necesitaba poner todo patas arriba por un rato.

Vicente hablaba siempre de “La Providencia”. En cierta ocasión compartió sobre cómo se había dado cuenta de que no encontraría a Dios en los libros, y que aunque no tenía nada en contra de la teología, la religión y todo lo relacionado con el “más allá”, se había dado cuenta de que era el “más acá” lo que le llamaba de forma urgente, y  que era el trabajo de servir y amar a los demás de lo único de lo que podía estar cien por cien seguro.

“De las cosas del más allá puedo dudar, pero de que este hombre delante mío tiene hambre y es mi deber alimentarle… de eso no, de eso no puedo dudar”.

De esta forma fue como Vicente salió del monasterio de clausura, tiró el hábito y los libros, y en su forma de expresarlo, decidió “dejar” a Dios… por amor a Él. 

 

Vicente, no te voy a poner en mi habitación con un collar de flores y quemar incienso delante tuya como lo hacen algunos indios anantapureños. Pero me declaro fan.

***

Bueno, termino contándote que el cuadro de Ganesh, el dios elefante, sigue de pie apoyado en la pared de mi habitación. Creo que después de pasar por las fases de 1)descolgarlo 2) buscar donde esconderlo y 3) ignorarlo, he llegado al punto 4) de convivencia pacífica en el que ya no me molesta particularmente su presencia, así que probablemente se quedará ahí para recibir a mi hermana de la misma manera creepy con la que me recibió a mi…

Que por cierto, ¡¡NOTICIÓN!!,  SÍ, mi hermana estará aquí conmigo la semana que viene, se quedará un mes. Quizá pronto podáis leer algo en este blog de una escritora de verdad…

¡Namasté!

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“Estoy donde tengo que estar”

Esta semana toda la India se ha iluminado para celebrar “Diwali”, el Festival de las Luces, que representa la victoria de la luz sobre las tinieblas, el bien sobre el mal, la sabiduría sobre la ignorancia y la esperanza sobre la desesperanza.

Aquí, mirando el cielo plagado de estrellas desde el pico más alto de Karnatakka, mientras el silencio y la brisa se llevan nuestros farolillos de luz.. Inevitablemente me viene a la cabeza esta canción infantil, y mientras la tarareo y me doy cuenta de la letra, empiezo a pensar en estos últimos seis meses en la India. En todo lo vivido y aprendido, en la locura que ha sido todo… y empiezo a cantarla tan sentidamente como si la hubiera escrito yo.

Aprovecho esta mini entrada para desear a todos mis amigos indios un feliz Diwali. Y a mis amigos y familia en España, quiero daros las gracias por seguir de cerca mis aventuras en la ciudad del infinito, y por hacerme llegar vuestro apoyo a través de vuestro feedback y vuestros comentarios. Y aprovechar la ocasión (y la “oh-cansión”) para transmitiros que, aunque a veces mis entradas terminan con un “punto y a parte” un poco agrio, no son un “punto y final”. Estoy intentando contar una historia en vivo y en directo y de la manera más transparente posible,  y como tal tendrá capítulos horribles y capítulos bonitos. Capítulos, como me dijo una queridísima amiga, que a veces “se te atoran en la garganta, te hacen reír, te hacen llorar…”. Vamos, como la vida misma.

Y que sí, que es posible que tenga muchas dudas y pocas cosas claras en este momento de mi vida. Pero si de algo estoy segura, y más aún después de estos maravillosos días rodeada de “luces”, y como canta Rapunzel.. es de que estoy exactamente donde tengo que estar.

Namasté, ¡y feliz Diwali!

 

Todos aquellos días mirando desde la ventana.
Todos esos años sin poder salir.
Tanto tiempo sin saber cómo era el mundo.

Lo ciega que estaba.

Y ahora estoy aquí, bajo las estrellas
Ahora estoy aquí, de pronto puedo ver
Estando aquí, no hay lugar a dudas:

Estoy donde tengo que estar

Y por fin ya veo la luz,
ya la niebla se ha marchado,
Y por fin ya veo la luz,
y parece un cielo nuevo,
Es tan bello y tan real,
para mi el mundo ha cambiado…

Ahora de repente, todo es diferente
Ahora que te miro a ti…

Tantos días persiguiendo un sueño.
Tantos años en la oscuridad
Tanto tiempo sin poder ver las cosas

Como son en realidad

Y ahí estás tu, en el brillo de una estrella
Ahí estás tu, y ahora puedo ver
Que si tu estás, no hay lugar a dudas:

Estoy donde tengo que estar

 

Traducción adaptada de I see the light, de Mandy Moore y Zachary Levi.

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Celebrando Diwalli, el Festival de las Luces, en Chikmangalur, con mi nueva familia.

 

Capítulo 13: El día que me regalaron una niña. Estreñimiento literario.

¡Ah, si supiera yo dónde encontrar a Dios! ¡Si pudiera llegar adonde él habita! Ante él expondría mi caso, ante él llevaría mi queja. Llenaría mi boca de argumentos, intentaría entender su respuesta. ¿Pelearía él conmigo, con todo su poder…?

Job

 

Últimamente estoy sufriendo una especie de “estreñimiento literario”, nombre con el que he bautizado al bloqueo expresivo que tengo a la hora de sentarme a escribir, una sensación de llevar mucho tiempo pensando que quiero contar algo pero no sé exactamente qué. Y llevo arrastrando los síntomas desde un evento ciertamente intenso que tuvo lugar hace algunas semanas…

Resulta que un domingo por la mañana como cualquier otro salí a dar un paseo por mi barrio. Cuando digo “mi barrio”, en realidad tengo que especificar que si salgo de mi casa y tiro para la izquierda me voy a la carretera principal que me lleva a una zona algo más céntrica, y si tiro para la derecha me encuentro con el slum, que es básicamente la zona de chabolas donde vive la gente pobre, donde están las iglesias, los templos y las mezquitas. Como normalmente siempre salgo hacia la izquierda, aquel día tenía ganas de ver “qué se cocía” al otro lado de la India, aunque ya me lo olía (literalmente). Supongo que por alguna razón a veces me gusta inyectarme ciertas dosis de realidad. Mi compi de piso Rachel, tan protectora como siempre, intentó persuadirme cuando le comenté que tenía ganas de pasear por esa dirección, diciéndome que no había “nada bonito” que ver por ahí. Le pregunté si era peligroso y me dijo que no (no a plena luz del día un domingo por la mañana), pero que simplemente podría resultarme “incómodo”.

Y no hubo nada más que decir. Supongo que a las personas incómodas nos atrae irremediablemente lo incómodo.

El caso es que salí, y empecé a caminar por las calles estrechas y deformes del slum, con una sonrisa estúpida en la cara y saludando a mis vecinos que me miraban con cara de póker, seguramente preguntándose de qué tipo de carroza de cristal se habría caído esa larguirucha blanca con mechas californianas. Como voy de maja por la vida, a cada persona que me sonreía (perdón, a cada mujer)  yo le devolvía la sonrisa, y no solo me bastaba con eso para hacerme la simpática, además les preguntaba “¿cómo estás?” en kannada, el dialecto local, que es algo así como Channaguidirá? (ni idea del spelling). Tengo que decir que estoy sorprendida conmigo misma y con mis avances lingüísticos, ya no solo chapurreo un poco el Telugu, ahora ya sé preguntar ¿cómo estás? y ¿has desayunado? en Telugu, Kannada, Hindi y Tamil, entre otras cosas que voy aprendiendo gracias a la convivencia lingüística del cole. Y pensarás que qué arbitrario eso del desayuno, yo también lo pensaba hasta que me di cuenta de que me lo preguntaban todos los santos días… Entonces llegué a la conclusión de que aquí en la India debe de tratarse de una formalidad, o una pregunta por educación, y que a la gente realmente no le interesa saber lo que has desayunado al igual que a la gente que te pregunta qué tal no le importa genuinamente cómo estás a menos que te lo esté preguntando en serio. Me tendrías que ver al principio, contándole a todo el mundo lo que como para desayunar y repitiéndolo como doscientas veces al día…

Bueno, sucedió que en un momento me saludó una señora que cargaba con una niña que tendría menos de un año. Le devolví el saludo y me disponía a continuar mi camino cuando de repente me di cuenta de que la mujer se acercaba a mi con los brazos extendidos, como ofreciéndome a la niña para que la sostuviera (pensaba yo, en mi ingenuidad). A lo mejor a ti puede parecerte muy raro este gesto viniendo de un desconocido, pero cuando vivía en Anantapur me pasó en un par de ocasiones que una madre o un padre me pedía que sostuviera a su bebé en brazos, no sé si como un gesto amigable, o por superstición, o como para bendecirlo… No sé, el caso es que no me sorprendió del todo, y acepté a la niña entre mis brazos, que me miraba ojiplática con una cara entre la sorpresa, la incomprensión y el llanto absoluto. Finalmente se decantó por esta última y empezó a llorar desconsoladamente.

Aquí es cuando la cosa se pone tensa. Resulta que cuando hago el amago de devolverle la niña a la madre (o la abuela, no estoy segura de lo que era), la mujer me hace un gesto de negación con la mano mientras me dice no se qué en kannada. Me quedo mirándola sin entender, miro a la niña que llora, y vuelvo a extenderla hacia ella. Ila, ila (No, no) me dice, y hace gestos con la mano.

You take, you take (Tú llevas, tú llevas). ¡América, América!

Imagínate mi cara de terror cuando me di cuenta de que lo que la mujer me estaba pidiendo es que me llevase la niña a América (asumiendo por su puesto que como soy blanca y tengo dinero debo de ser americana).

No, madam, no, lo siento. No puedo, yo…

Insistí en devolvérsela con toda la amabilidad del mundo y de repente la mujer me empezó a decir cosas en un tono más agresivo. A todo esto, la niña lloraba cada vez más, y los vecinos empezaron a rodearnos para saber qué estaba pasando exactamente, algunos se reían, otros miraban sin entender muy bien y otros le decían cosas a la señora, que parecía cada vez más enfadada conmigo no sé exactamente por qué. Yo quería literalmente desaparecer, mi desesperación llegó al nivel de hacer el amago de dejar a la niña en el suelo, darme cuenta de que no caminaba  y volver a cogerla, horrorizada y sin saber qué hacer.

De repente apareció de entre los vecinos un chaval, algo más joven que yo, y me hizo un gesto como para que se la diera. –Ma’m, father, father- me dijo, haciéndome entender que él era el padre. Me quedé mirándole sin saber muy bien qué decirle, puse la niña en sus brazos y le dije que lo sentía, y que no entendía muy bien lo que estaba pasando. Y aquí es cuando el chico con toda la tranquilidad, languidez y apatía del mundo me dice lo siguiente:

No food, Ma’m. No food for baby

(No comida, Madam. No comida para bebé)

 

 

Supongo que tiene sentido que el diagnóstico señale esta anécdota como la causante principal de ese estreñimiento literario del que te hablaba. Pero además, creo que al final es verdad eso de que solo hay una cosa realmente necesaria e imprescindible a la hora de escribir, y es tener algo que decir. Querer comunicar un mensaje.

Recuerdo que cuando empecé el blog le comenté a alguien acerca de ese miedo. El miedo a que de un momento a otro me diera cuenta de que no sabía exactamente qué quería decir. Y creo que fue mi cuñada Elisabet la que me dijo algo de forma muy clara y rotunda, y es que uno no puede dar de algo que no tiene. Me lo explicó con la metáfora de una mochila (jobar es que CUÁN profundas y románticas somos que nos hablamos con parábolas y todo): era algo así como que todos vamos por la vida con una mochila, y cada uno tiene que decidir con qué quiere llenarla. Obviamente de aquello con lo que la llenes será lo que podrás compartir con los demás, y es que en esta travesía uno nunca viaja solo. Aunque creo que al final se trata más de decisiones pequeñas que de circunstancias eventuales, lo cierto es que la mayoría de las veces son esas mismas circunstancias las que nos llevan inevitablemente a tomar la decisión llenar nuestra mochila de ciertas cosas. Yo en el momento en el que escuchaba esto era perfectamente consciente de que aquella mochila metafórica de repente me estaba pesando demasiado porque había ido acumulando mucha mierda. Tocaba vaciar, hacer revisión de equipaje.

El problema llega cuando levantas la mirada y te das cuenta de que el tramo que te espera por delante es uno de los más críticos y turbulentos del viaje y tú vas ahí, con la mochila medio vacía, pero decides aventurarte igual. Y claro, de pronto te encuentras una situación como esta, en la que una madre te regala su bebé por la calle, y empiezas a rebuscar en tu mochila de forma desesperada: ¿Dónde están las grandes palabras? ¿Dónde ha quedado la fe que he llevado por bandera toda la vida? ¿Dónde está el consuelo que me dio nombre? ¿Dónde está la esperanza sobre la que tanto escribía desde el sofá de mi casa? ¿Dónde me he dejado las canciones de paz, de libertad…? ¿O eran solo palabras colocadas al azar, porque rimaban? ¿Dónde he puesto a todos los que me hablaban de justicia, los grandes ejemplos de personas? ¿Dónde están los libros, las frases, las lecciones de vida? ¿Y las palmaditas en el hombro, los abrazos gratis? ¿Dónde puse las soluciones rápidas, la cura fácil contra todo…?  

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¿…Dónde está Dios?

 

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En fin, todo esto para que entiendas mi estreñimiento literario. Y que a veces si no escribo es precisamente porque no sé qué decirte.

Namasté!