Hampi: La diosa elefante y una cornada en el culo

“Dice que quiere que sea constante. Como el río…

¡…pero es que el río no es nada constante! Lo que me gusta más del río es que nunca es igual que ayer…”

Pocahontas

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¡Feliz domingo, día de reposo!

Hoy me gustaría hablarte de uno de mis lugares favoritos de la India y del mundo entero, y que a pesar de que tan solo lo he visitado dos veces y de forma muy breve, se ha convertido en uno de esos pequeños oasis de escapadas recurrentes de los que me marcho pensando: no sé cuándo, ¡pero yo aquí vuelvo!

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Hampi es una pequeña ciudad que se encuentra al norte de estado de Karnataka (¡otro destino “cerquita” de casa!) . Al parecer (porque me acabo de enterar haciendo un poco de research), esta ciudad fue declarada como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco por su relevancia como centro cultural y religioso, lo que la convierte en uno de los lugares de la India más visitados por los viajeros. Recuerdo que lo primero que pensé la primera vez que pisé Hampi fue que me encontraba dentro del cuento de “El libro de la Selva”, y es que se trata de una ciudad asentada sobre las ruinas de los templos hindúes de Vijayanagara, la antigua capital del Imperio Vijayanagara, y recuerda mucho a esas ruinas en medio de la selva donde vivía aquel primate rojo de la película de Disney que cantaba dubiduúuu quiero ser como tuuuuuú...

 

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Caminar por Hampi es caminar entre rocas gigantes, palmeras, riachuelos, templos, monos, verde, verde y verde, gente del pueblo que te sonríe, otras mochilas viajando a tu lado, hostales chill out con hamacas de colores y batidos de frutas tropicales … Es un pequeño paraíso hippie en el que es difícil no estar feliz. De hecho, han creado hasta un juego de palabras que dice “Be happy, be Hampi”, y no me extrañaría que si vas lo encuentres en alguna camiseta de algún puestecillo turístico. Esque somos así de cutres, los turists…

La primera vez que fui a Hampi fue en una visita exprés de un día, precisamente un domingo, con algunos voluntarios de la Fundación Vicente Ferrer, hace ya algo más de un añito (¡cómo pasa el tiempo!). Lo cierto es que fue una escapada muy divertida, pero reconozco que fue algo pretencioso por mi parte pensar que iba a “conocer Hampi” en un día, y bueno, terminó siendo un poco paliza. Llegamos temprano, alquilamos motos, recorrimos el pueblo, nos bañamos en el río, escalamos a los templos… todo bajo un solazo inmisericorde. Lo cierto es que al final del día acabé muy muerta, y el lunes siguiente estaba quemada y llena de agujetas, pero había valido la pena como primer acercamiento a la ciudad de Mowli. Tendré que volver, me dije..

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Bueno, pues si esto fue en junio del año pasado, fue hace un mes, en junio, que regresé a Hampi después de un añito de haber estado allí por primera vez. Como si deHampiaHampiytiroporquemetoca se tratase. Y esta vez, para mi pesar, también tuvo que ser una visita exprés de un fin de semana, por eso de que la vida es injusta y Dios cuando creó el mundo se le ocurrió descansar solo un día en vez de tres o cuatro… Que yo a veces cuando lo pienso me dan ganas de decir, de verdad, Dios, que ahí te columpiaste, creando el mundo y el universo en seis días y solo descansando uno, es un poco too much, ¿no?. Pero bueno, también es verdad que si Dios se columpia y dice ala, solo un día de descanso, pues tiene todo el derecho porque tiene poderes para hacerlo, pero eso no quita que tu y yo como simples mortales hubiésemos apreciado un par de días más, es un hecho biológico y científico de la vida que trasciende a todo ser humano independiente de su origen, cultura o religión…

Perdón, a veces me dan espasmos teológicos. Y ticks nerviosos en el ojo. Volvamos a Hampi.

El caso es que mi buena amiga Iris, voluntaria como profe de alemán en la Fundación Vicente Ferrer, me comentó de hacer una pequeña escapada de estas de desconectar de todo, y allí que nos cogimos un bus (bueno, yo tres, uno hasta Anantapur, otro hasta Hospet y otro hasta Hampi) y nos dimos unas vueltas muy majas por el paraíso hippie.

Momento anécdota:

Tuvimos una bienvenida interesante, una pequeña ternera que vino aparentando recibirnos muy amablemente (y a pedir comida, de paso), y que resultó ser una criatura infame, y es que claro, Iris tenía un plátano para darle, pero yo como no tenía nada me llevé de regalo una generosa cornada en el culo (!!!!). Y bueno, tuve suerte de que no fuera una vaca grande o un búfalo, porque hubiera visto las estrellas. Más estrellas..

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Iris siendo asaltada por la vaca infame

Bueno, a pesar de aquel pequeño traspié con el que empecé, el paseo por Hampi resultó de lo más tranquilo y agradable, y por suerte nuestro altercado fue con una ternera y no con los monos (estos en general tienen mala leche y ganas de comer todo el rato, y Hampi está plagado de ellos). Pareciera que aquí de animales va la cosa, y tal fue así que en algún momento decidimos que nuestra misión en aquella visita sería madrugar temprano un domingo para contemplar el baño matutino de la elefanta Lakshmi, un pobre animal que sirve de atracción turística para guiris y religiosa para los peregrinos que buscan recibir su bendición en uno de los templos (a cambio de un par de rupias, que no te pienses que las bendiciones se dan así, ¡de gratis!). Pero fíjate si no tendrá poderes esta elefanta, que esta ni día de reposo ni leches en vinagre, esta si que se columpia, todo el día ahí, bendición por aquí, bendición por allá, pa’ ti, pa’ tu madre, pa’ tu hermana, ala.. ¡y venga bendición!

Y claro, Iris y yo no es que seamos unas escépticas o que cuestionemos la práctica como algo más bien degradante para el pobre animal, pero es que la gente güena ya tenemos bendición de sobra, y yo creo que ese día ya llevábamos el cupo de bendición completo después de mi cornada en el culo (eso debe de dar buena suerte como poco, ¿no?). Además yo estaba con la regla, y de todos es sabido que las mujeres no han de entrar en los templos en aquellos días en los que, digamos, estamos sometidas bajo el yugo de nuestro vulgar y profano ciclo menstrual (ay, de verdad, vaya ideas que tenemos las mujeres, eso de ovular). Así que claro, no íbamos a entrar en el templo para ver a la elefanta estando yo con la regla, que igual tu, occidentalillo, piensas pues que qué más da, que quién se va a dar cuenta de que tienes la regla, pero es que yo qué sé, imagínate que entras y pasa una movida de esas como lo que te contaban de pequeño de que si te hacías pis en la piscina se iba a crear un círculo rojo o naranja a tu alrededor y todo el mundo se iba a dar cuenta… ¿Y si entras con la regla y te cae un rayo del dios Shiva? ¿y si tienen los hindúes una especie de alarma-detector de reglas? ¿y si la elefanta Lakshmi lo percibe con sus poderes y en vez de bendecirte te suelta un trompazo en la cara..? No, no nos podíamos arriesgar, yo ya me había llevado una cornada en el culo. Tendríamos que encontrar otra manera de ver a la elefanta… la observaríamos mientras la bañaban por la mañana, así, sin ser muy creepers o invasivos…

Bueno, el tema es que madrugamos ese domingo y fue una aventura encontrar el lugar donde bañaban a la elefanta Lakshmi (lo hacen a escondidas precisamente para que  los turistis como nosotros no nos aprovechemos del espectáculo sin pagar unas rupias). Pero bueno, no nos importó mucho ese día, y allí que nos sumergimos en una selva de juncos a la orilla del río, siguiendo lo que parecían las gigantes pisadas de la elefanta, y después de acabar medio empapados, llenos de barro y con complejo de Indiana Jones, finalmente conseguimos llegar a un lugar apartado en el río donde la diosa disfrutaba de su baño, totalmente indiferente a nuestras miradas de curiosidad. Claramente, el tipo que la bañaba no parecía muy contento de que hubiéramos encontrado su lugar secreto, así que intentamos no molestar mucho..

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La elefanta Lakshmi en su baño matutino

 

El resto del viaje fue más bien tranquilito, ya que al ser época monzónica nos cayó algún que otro chaparrón, lo cual para mi fue maravilloso. Me encanta la lluvia, y además el único recuerdo que tenía de Hampi era de un lugar muy bonito pero donde hacía un calor horroroso, así que esta vez lo disfruté mucho más en ese sentido. Sin embargo, ambos viajes fueron muy especiales por distintas razones, por distintas circunstancias y por distintas personas.. Y es que algo en lo que he estado reflexionando en mis últimas andanzas es que no sé si realmente alguna vez vuelves al mismo lugar… Ya que la  realidad que nos rodea, tanto lugares como personas, todo cambia y se transforma constantemente. Por eso quizá el Hampi que conocí hace un año no fuera el mismo Hampi visité hace un mes… O quizá la chica que fue hace un mes a Hampi no sea ya la misma chica que viajó hace algo más de un año…

Bueno, que ya sabes que no me puedo ir yo de una entrada sin ponerme un poco zen. Qué se le va a hacer, is my style, baby 😉 Te dejo con algunas fotos de esta última excursión.

 

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Un hippie-abrazo, “be happy, be Hampi” ¡…y que la Providencia te acompañe!

Chikmagalur: Un paseo por las nubes

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos”

Libro de los Salmos (19:1)

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Ahora sí que empezaré por el principio.

Hoy te quiero contar sobre mi escapada a la ciudad de Chikmagalur, que está en el sur del estado de Karnataka, a unas 4 horas de Bangalore, donde yo vivo. Chikkamagaluru, significa, en kannada, “la ciudad de la hija menor”, ya que se dice que esta fue dada como regalo a la hija menor de Rukmangada, el legendario jefe de Sakrepatna. Pues eso, el Ruki, de toda la vida. Lo que hace especial este lugar es que, al ser una zona elevada, tiene uno de los climas más frescos y lluviosos de este estado, lo que da lugar a una gran vegetación y un paisaje de bosque muy, muy precioso.

El año pasado allá por noviembre decidimos pasar unos días en un centro de retiros perdido en ese maravilloso bosque frondoso, con motivo de las vacaciones de Diwali (una de las festividades hindúes más importantes en India). Por aquel entonces, el clan Gospel Street lo constituíamos todavía las tres señoritas: Rachel (India), Ella (Australia) y yo, y en este mini viaje nos acompañaron Anoop y Sunnu (India), Lobo (India) y Tim (Australia).

 

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De izquierda a derecha: Lobo, Rachel, Anoop, Ella, Sunnu (armada con el palo selfie , una servidora y Tim.

Lo cierto es que este fue el primer viaje que hicimos como grupo desde que yo había aterrizado en el piso, así que tengo un recuerdo especial y muy entrañable de esta escapada. Después de haber vivido mis primeros meses en Bangalore sumergida en el calor, el ruido, el tráfico y la contaminación, esos días en el bosque fueron como tomar una bocanada de aire fresco. Hizo un tiempo fabuloso por el día, y el fresquito de las noches lo disfrutábamos tomando birra al lado de una hoguera mientras cada uno compartíamos historias de nuestras vidas para conocernos un poco más. A veces también cantábamos, ya que fue en este viaje donde me descubrieron como “la chica del ukelele”, y por las mañanas, Rachel (que es profe de yoga), improvisaba algunas sesiones exprés, y tengo que decir que hacer yoga en medio de un bosque se convierte en una experiencia muuuuuucho más agradable y auténtica.

(Paréntesis: ¿Te he contado que la semana pasada empecé a tomar clases de yoga? Sí, ahora estoy en la India y hago yoga. El siguiente paso será hacerme vegetariana y ya seré del todo original..)

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Sin embargo, para mi lo más bonito de Chikmagalur fue la experiencia de subir al Mullayyanagiri, que es el pico más alto del estado de Karnataka. Tengo que confesar que, debido sobre todo a que íbamos con un tiempo limitado (a pesar de que nos levantamos a las 4:30 de la madrugada), nos ahorramos lo que podría haber sido un buen rato de senderismo alpino, y subimos la gran parte del trayecto en coche (por unos barrancos estrechísimos, por los que a veces tenían que pasar dos coches a la vez y nos ponía el corazón en la garganta). El tramo más intenso, sin embargo, lo escalamos a pie, ya que consistía en unos escalones de piedra muy empinados que, literalmente, te llevaban al cielo. A medida que subíamos y nos íbamos adentrando en las nubes íbamos perdiendo la visión por completo de lo nublado que estaba, de forma que ya no podíamos ver más allá del escalón que teníamos delante.

Al llegar, sin embargo, la visión que te encuentras es impresionante: el azul del cielo, el sol, y tus pies caminando sobre las nubes. Eso, acompañado del sonido de un fuerte viento que te golpea en los oídos… La verdad es que fue un espectáculo maravilloso que creo que se me quedará en la retina para siempre, y que confieso, me hizo emocionarme un poco.. Al estar allí, arriba, admirando ese momento, no pude evitar pensar en lo que habían sido aquellos últimos meses de mi vida.. Decidí que, de la misma manera, cada escalón que me había puesto la vida por delante había valido la pena tan solo por el instante del paisaje que se encontraba ante mis ojos en ese momento. Recuerda, Consu -me dije a mi misma- Vale la pena..

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Si quieres leer más cursilerías sobre este viaje, el año pasado escribí una mini- entrada acerca de la celebración de Diwali, que también fue una de los momentos más épicos del viaje. Por el momento te dejo con algunas fotos más.

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Namasté, y que la Providencia te acompañe. Si hace falta, hasta las nubes.. 🙂

 

Alleppey (Kerala): La “casa-barco”

“On a rainy day
And as the world will blow to bits
I’ll cradle you and hold you tight” 

Eels

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Y finalmente… ¡el día ha llegado! Sí, dear friend, por fin ha llegado el día en el que este blog empieza a cobrar un poco de sense, y empieza a parecerse un poquito más a un blog de viajes. Supongo que tras muchas vueltas de tuerca, reflexiones inconclusas y comentarios de amigos y familiares preocupados por mi salud mental, emocional y espiritual (:P) he decidido que voy a cortarme un poco el rollo a mi misma, y a empezar a hablar de cosas normales que cuenta la gente normal que viaja. Y poner fotos y tal. Vamos, que me he vuelto original.

Así que hoy empiezo a hablartede mis viajes por India. ¡Yaaay! ¡Qué emoción! Espera, ¿pero no necesitas primero viajar por India para poder hacer eso…? Bueno, el caso es que no viajo tanto como me gustaría, ya que tengo una misión de superSpanishteacher que priorizar y que me absorbe de lunes a viernes (y a veces sábados), y aunque es cierto que me gustaría dedicarme a recorrer este maravilloso país en algún momento a tiempo completo (vacaciones, i need you), ahora no me estoy dedicando a ello como un propósito. Aún así, como la vida me sonríe y la Providencia me acompaña, he tenido la oportunidad de hacer algunas escapadas muy bonitas e interesantes, y me daría pena que no quedasen reflejadas en esta pequeña ventana de lo que está siendo mi vida en este país.

Así que sin más dilatación (como decía de pequeña) voy a empezar contándote un poquito sobre  mi última escapada a uno de los lugares más maravillosos en los que he aterrizado por estas tierras. El maravilloso “Alleppey” (Alappuzha).

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Alleppey es conocido por muchos como la «Venecia del este»,  y es que es que una ciudad situada en la costa del distrito de Kerala formada por una laguna con canales que son surcados a lo largo del día por canoas, barcos de distintos tamaños, y los famosos “houseboats” o casas-barco. Las casas-barco son la mayor atracción turística de esta ciudad, y aunque no soy muy fan de las actividades supertourist, lo cierto es que me siento afortunada de haber podido vivir esa experiencia de pasar la noche en una casa-barco, que sé que es algo que quizás nunca habría planeado como iniciativa propia. Esta vez, sin embargo, la situación lo requería, y es que mi familia india tenía un acontecimiento importante que celebrar: el 30 cumpleaños de la pequeña Sunnu (o Sunnemone, para los de la family). Lo cierto es que ha sido el viaje más improvisado que he hecho hasta la fecha, y es que fue hace tan solo una semana que cundió el pánico de última hora en casa en plan quéhacemosporlostreintadeSunnu, y los padres de las chicas decidieron que, después de haber vivido durante años en Kerala y tener familia allí, ¿por qué no hacemos una locura y alquilamos la típica casa-barco por un fin de semana? Aprovechando que nos hemos convertido temporalmente en un grupo bastante grande debido a la invasión de un contingente de franceses en el piso de GospelStreet  pensamos que podría ser un buen momento para plantearnos una experiencia de ese calibre.

Así que sin ton ni son, y de un día para otro, allí estábamos. Tres franceses, una india y una española embotellados en un coche con 11 horas por delante de carretera al sur, con destino Alleppey, donde nos reuniríamos con el resto de la family. Sí, 11 horas…

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De izquierda a derecha: Alex, Pierre, una servidora, Lucas, Rachel, Sunnu, Anoop (marido de Sunnu) y el padre de las chicas que nunca me acuerdo de su nombre porque siempre le llaman “appa” (papá)

 

El viaje fue insufrible. Bueno, o al menos eso me contaron los que sufren los viajes en coche (yo la verdad es que me dormí prácticamente todo el trayecto y no me enteré de ). Pero al fin llegamos, y en el momento en el que puse un pie fuera del coche supe que Alleppey se convertiría en uno de esos lugares en los que la realidad superaría todas mis expectativas. Y es que ya hacía tiempo había oído hablar de esta ciudad, ya me había dado tiempo a soñar con visitarla algún día, así que en cierto modo ya iba un poco predispuesta a dejarme enamorar. El río, la humedad, la lluvia (llovía), la brisa fresca, las palmeras bailando de un lado a otro, el barro, los perros, las canoas de bambú… y los barcos de madera. La mezcla del caos de la vida a en los barcos y la solemnidad del río…

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¡Nuestro houseboat!

 

¡Qué decir de Alleppey! Que fue breve, pero fue bueno y bonito, como casi todo lo breve… Y que me llevo el recuerdo de despertarme un domingo temprano por el fuerte goteo del monzón sobre nuestro barco de madera. El recuerdo de levantarme, ir al salón, abrir una puerta y encontrarme con el río a mis pies siendo golpeado sin merced por una lluvia de verano.. Una lluvia de verano que olía a una de las mejores lluvias de verano que recordaré a lo largo de mi vida y de mis viajes.

¡Namasté! Y que la Providencia te acompañe.

 

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Y esta es mi cara de felicidad de por fin he conocido Alleppey. Si quieres ver más fotos de mi careto no te olvides de que puedes hacerlo en mi Instagram: @laciudadelinfinito

 

Capítulo 17: Nuevos comienzos y el extraño fenómeno de “la desconexión”

“Deja de preguntarle al mundo lo que necesita. Pregúntate qué te hace sentir vivo, y después ve y hazlo. Porque lo que el mundo necesita es gente que esté viva…”

Howard Thurman

Hace un par de semanas empezó un nuevo capítulo de mi vida en India (¿el segundo? ¿el tercero..?). El caso es que volví después de pasar tres semanas de vacaciones en España. Tres semanas maravillosas en las que sorprendentemente pude ver a un montón de gente, a pesar de que me pasé los días prácticamente encerrada en casa con mis hermanas acostándome a las tantas y durmiendo toda la mañana. Yo, que soy un culo inquieto y no puedo quedarme en casa sin hacer nada… ¡supongo que sí que se echa de menos el nido, después de tanto tiempo!

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Vacaciones en Asturias con mi familia 🙂

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Y ahora empieza un nuevo capítulo, el comienzo de un nuevo curso escolar. Llevo ya un año en la India y tengo otro entero por delante, lleno de ideas, planes, interrogantes, expectativas …

Creo que me sentó bien volver a España, mejor de lo que pensaba. Vuelvo con las pilas cargadas y la mente renovada. Vuelvo con ganas, sí, a pesar de que pensaba que volver a España sería contra productivo porque me haría querer quedarme en la comodidad y el calor del hogar… Pero lo cierto es que me sorprendí a mi misma en España con muchas más ganas de volver a India de las que creía que tendría. Supongo que, al fin y al cabo, ahora este es mi nuevo hogar. Ya no vuelvo a lo incierto y desconocido, vuelvo a otro nido, otra nueva “zona de confort”. Vuelvo a casa (?!), por raro que parezca…

Creo, además, que esta vez he dejado España de una forma muy distinta a la última vez que la dejé. ¿Recordáis mi enfado con el mundo? ¿Esas ganas de tirar todo por la ventana con las que me fui hace un año? Bueno, creo que al estar allí me di cuenta de que quizá ya no estoy tan enfadada como estaba antes.. Eso, o es posible que haya llegado a ese momento clímax de la rabieta típica de los niños en el que simplemente tienen que elegir entre seguir llorando o respirar… y una vez respirando, uno se da cuenta de que quedarse llorando no va a arreglar las cosas.  Bueno, el caso es que ya no me siento tan rayada, ni tan harta, ni tan cansada, tampoco sé decirte si he practicado el arte del contentamiento o de la resignación, pero el caso es que me siento mejor. Parece que veo la misma realidad que veía antes pero a través de unas nuevas gafas. Como si la India se me hubiera “metido en el ojo”, de forma que las cosas que antes me preocupaban o me frustraban ahora me parezcan de una importancia relativa, y hasta me hagan un poco de gracia. Todo se ve a través de una nueva lente, una nueva perspectiva extraña…

A la vez, ir a España me hizo darme cuenta también de lo muchísimo que he cambiado. ¿O quizá lo muchísimo que me he encontrado? ¿Vuelta al tópico de viajar para encontrarse a uno mismo..? Y aún habiéndome encontrado a mi misma, o conocido un poco más en algunos aspectos.. aún así he vuelto con la sensación de que nunca en mi vida me he sentido tan perdida. ¿Dónde estoy? ¿Dónde voy? Siento que cuanto más sé, cuanto más conozco sobre mi misma y sobre el mundo en el que vivo.. cada vez que sé más, sé menos. Y cuando creo saber algo, al instante lo des-sé. Me doy cuenta de que no, que no lo sé y que todo siempre tiende a un infinito patas arriba..

Pero lo bueno es que estoy aprendiendo a reírme de ello. Un día estando en España le contaba todas mis ralladas de la vida a mi hermana pequeña (sé lo que estás pensando, pobre de tu hermana), y no sé por qué, surgió la expresión de “la desconexión” como un algo que era nada, y que a la vez lo definía todo en la siguiente frase: “Es que siento desconexión”. Y no sé por qué me empezó a hacer mucha gracia que hablásemos de nuestras rayadas mentales con ese término, creo que cuando lo expresé me refería más a un cortocircuito mental que a una desconexión (¿desconexión de qué??),  pero bueno, así se ha quedado y se quedará esta etapa en mi vida definida, con el extraño fenómeno de “la desconexión”. Fenómeno que, por cierto, queda perfectamente reflejado en esta viñeta que me dedicó mi hermana hace tiempo en una de las entradas de su blog (al que por cierto debes echar un vistazo, es muy genial y tiene cosas bonitas e interesantes a diferencia de este).

 

Bueno, tengo que decir que la vuelta a India no se quedó corta de intensa, pero fue a la vez muy entretenida. Tuve la suerte y la alegría de compartir mi reinserción a la realidad bangaloriana de la mano de una de mis mejores amigas del mundo y de la vida, la más “vieja” que tengo, como le digo a la gente…¡pero no por edad, si no por antigüedad! Y es que nos conocemos desde que yo tenía 6 años.. ¡Qué bonito es saber que hay gente que te ha aguantado toda la vida, y descansar en la idea de que probablemente le tocará seguirte aguantando muchos años más! (gracias por adelantado, jeje).

 

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Amalia y yo visitando el pueblo de mi amiga Narmada

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Por otro lado, el curso escolar ha empezado, y se presenta bastante interesante. La “locura Legacy” (“Legacy madness”, como lo llamamos algunos profes) continúa con más fuerza que nunca. Cambios de horarios, niños que no saben en qué asignaturas se han apuntado, clases sin amueblar, profes que van y vienen, cambios de ultimísimo minuto… A veces miro el año que me queda por delante y me pregunto seriamente si sobreviviré al “ritmo indio” o si este acabará conmigo… Luego miro a los niños, y les oigo gritar sus ¡OLAPOFEZORA! por los pasillos, y se me pasa un poco.

Por suerte, este año he empezado con mucho mejor pie en el cole que el año pasado, que fue una entrada a mitad de curso, atropellada e inmisericorde (si se me permite usar esa palabra que no sé si me he inventado porque el autocorrector me la subraya), en la que no me enteraba de nada de lo que estaba pasando y me sentía más perdida que Wally en el Vicente Calderón.  Bueno, este año ya me he hallado un poco (¡al menos no me toca aprenderme millones de nombres nuevos y fonéticamente imposibles!). Además, después de mucho rogar, nuestra princesa Blancanieves ha conseguido, junto a la profe de francés, que nos asignen nuestra propia clase. ¡Tengo mi propia clase de español! Parece una tontería, pero no sabéis lo que estoy disfrutando de poder llenar toda la clase de carteles, dibujos y todas mis cositas y las de los niños.

Soy una profe feliz 🙂

Además, este año quiero aprovechar y ampliar un poco mi formación como profe de español, enterarme bien qué es todo esta secta de “profes ELE” que está tan de moda ahora, así que he decidido sumergirme en este mundillo nuevo como aprendiz haciendo un curso online que se llama “Enseñanza de ELE para niños”, que la verdad, me está gustando mucho. ¡Ya te iré contando!

Esta vez no hay despedida dramática ni moraleja de la entrada. Qué sosa. No me gusta, pero bueno es lo que hay.

¡Namasté!

 

 

Capítulo 16: “¿Hay alguien ahí…?” (¡Cumpleblog!)

He conseguido embarcarme en la turbulenta y a la vez silenciosa travesía que recorren las palabras que llegan desde mi experiencia hasta el corazón de las personas. Y ese viaje… oh, ¡ese viaje sí que es una aventura! 

Yo. Hace cinco minutos. En esta entrada. Sí, me he citado a mi misma.

Antes de ayer me saltó una notificación en Facebook que me decía que hace un año publiqué la primera entrada en mi blog: “Capítulo 1: Facebook y mi enfado con el mundo”. Eso significa que antes de ayer fue algo así como el cumpleaños de mi blog.

¡Feliz cumpleblog, “La ciudad del infinito”! 🙂

Hace una semana llegué a España, estoy disfrutando de tres semanas maravillosas de vacaciones en las que me he pegado a mis hermanos como una sanguijuela, intentando succionar de ellos todo el tiempo, todas las carcajadas, todas las conversaciones posibles para que me duren hasta Dios sabe cuándo nos volveremos a ver. También estoy comiendo y saboreando la comida de mi madre como si no tuviese fondo en mi estómago, estoy yéndome de tapeo con amigos que hace un montón de tiempo que no veo, paseando por las (de repente) increíblemente anchas y silenciosas calles de Madrid, en las que me da la sensación de que todo el mundo camina a su bola, mirando el teléfono o  algún punto perdido en el infinito, como queriendo evitar que su mirada se choque accidentalmente con la de algún otro transeúnte…

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Se me hace raro pensar que hace un año estaba exactamente donde estoy ahora: sentada en el sofá blanco de mi casa, con un café cuidadosamente posado sobre el libro de “La revolución silenciosa” (libro que hace un año me llevó a la India, y que ahora mismo me hace las veces de posa-vasos),  escribiendo una entrada ambigua en un blog que no sabía exactamente para qué, o para quién lo escribía…

Y no puedo evitar sentarme para reflexionar, y preguntarme a mi misma: ¿lo sé ya? ¿sé ya para qué, o para quién escribo..? 

Reflexión #1: Para QUIÉN escribo:

¿Hola? ¿Hay alguien ahí…? ¿Sí? ¿Quién eres..?

Creo que todos los blogueros en algún momento luchamos contra el mismo complejo: ¿quién nos lee? ¿para quién dedicamos horas (no sé los demás, pero en mi caso sí,  muchas veces son horas) retocando lo que escribimos, haciendo malabares con las palabras para intentar que suenen y lleguen de una forma o de otra? ¿para quién buscamos ser entendidos, cuestionados? ¿para quién intentamos ser excelentes en nuestras entradas…?

En mi caso, aunque este blog lo empecé escribiendo para mi (y esto es cierto, aunque suene muy a lo típico que se dice), como un espacio en el que podía procesar y expresar “en voz alta” ciertas cosas que sentía cuando decidí embarcarme en esta aventura, me he dado cuenta a lo largo de este año de que sí, hay otras personas, aunque no son muchas,  que no solo leen mi blog, si no que han reconocido a través de comentarios (públicos o privados) que la lectura de mi blog les ha afectado en algún momento de alguna manera. No necesariamente siempre para bien. No necesariamente para mal, tampoco. Para mi lo tremendamente interesante de recibir comentarios es darme cuenta de que algo que escribo puede llegarle a una persona de una forma, y a otra le llega de una forma totalmente distinta.. pero llega. Y en ese sentido, me hace feliz saber que, en ocasiones, he conseguido viajar mucho más lejos que a la India. He conseguido embarcarme en la turbulenta y a la vez silenciosa travesía que recorren las palabras que llegan desde mi experiencia hasta el corazón de las personas. Y ese viaje, oh.. ¡ese viaje sí que es una aventura! (qué bonito ma’ quedao, voy a ponerlo como cita de cabecera aunque lo haya escrito yo).

¿Para quién escribo, pues? Pues para ti, que al leerme me haces formar parte de ese viaje. Pero tengo que confesarte que a veces me pueden las ganas de conocerte. De gritar por escrito: ¿Hay alguien ahí…??, de decirte: Venga, muéstrate ¿Quién eres?? ¿Por qué me lees? ¿Qué buscas? ¿Cómo has llegado a este blog de un añito,  lleno de telarañas y divagaciones de una casi-adulta? ¿Qué te produce, qué te inspira..? Luego reflexiono un instante, y me doy cuenta de que quizá sea ese mismo factor de reserva y anonimato, ese silencio mediático lo que quizá haga de mi blog un lugar seguro. Un lugar secreto al que puedes llegar para conocerme un poco más, si te asusta preguntarme cosas. O en el que te puedes conocer mejor, si lo que te asusta es preguntarte cosas…

Reflexión #2: Para QUÉ escribo:

En esta sí que reconozco que me surgen muchas más dudas. Porque si escribo para ti, y no sé quién eres, me cuesta muchísimo escribir para identificarme contigo. Puedes pensar que es una tontería, pero te doy un ejemplo: Yo escribo en español, y a veces uso expresiones muy castellanas (o muy madrileñas), y de repente miro las visitas del blog y me doy cuenta de que la mitad de mis lectores son de Sudamérica, y me hace pensar que qué guay, qué chévere, qué bárbaro, qué copado todo, pero… ¿¿Quién coñ…caraj… me lee y me entiende,  a qué público me dirijo?? ¿Cómo escribir para ti, si no sé quién eres…?

Sí, quizás debería empezar por filtrar ciertas expresiones como “coñ..” o “caraj..”. Solo por si acaso (abuela, ¿estás ahí..??)

Y es que vamos a reconocer las cosas como son: este no es un blog de viajes. No, no lo es, no lo es ni aunque mi Instagram lleno de fotos de mis paseos por este país mágico quiera aparentar a veces que lo es. Es cierto que a veces he pensado que igual es lo que tendría más sentido que fuera, ya que estoy en la India y tendría sentido escribir sobre la India y mi vida aquí, y no sobre si los perros van al cielo o al infierno, o sobre si el ser humano es libre o no es libre. Sí, supongo que este blog tendría potencial de ser un gran blog si lo usara como un blog de viajes, pero desgraciadamente tengo muy mala intuición comercial para esas cosas… aunque permíteme desviar tu atención a la manera tan sutil y perspicaz con la que te acabo de colar mi “insta” hace exactamente seis líneas, NO SÉ, QUIZÁ PARA TENER MÁS #FOLLOWERS Y SER MÁS #TRENDING (no sé si lo he dicho bien, por favor, algún experto en traducción e interpretación de socialmedia-language me traduzca), quizás no tenga tan mala intuición comercial/publicitaria/mensajes subliminales al fin y al cabo, ehh, EHH..??

Uy, ¿qué ha sido eso? En fin. Continuemos… (miedito)

Por otro lado, tampoco es un blog de filosofía, ni de teología, ni de espiritualidad. Porque realmente mis entradas no tienen títulos como: “¿Van los perros al cielo o al infierno?”, o “¿Somos libres los seres humanos?”, ni es tampoco el propósito de este blog divagar sobre cuestiones tales (aunque reconozco que me gusta leer este tipo de cosas, no sé por qué). No, definitivamente no es un blog de grandes reflexiones ni un lugar para encontrar iluminación para las grandes preguntas de la vida.

Entonces.. ¿para qué es este blog? ¿para qué escribo?

Supongo que la respuesta más sencilla sería que escribo para contar una experiencia. Pero eso, a la vez, me lleva a preguntas más complejas: ¿qué experiencia? ¿mi experiencia como profesora? ¿como extranjera? ¿mi experiencia con la cultura?, ¿con el inglés?, ¿mi experiencia con la fe…? Y entonces se me abre un abanico entero de posibilidades. Y me doy cuenta de que, después de un año, quizás ya vaya siendo hora de definirme un poco como bloguera, lo que me enfrenta a la más aterradora de las preguntas:

¿Qué es realmente lo que quiero contar aquí?

Y yo, que en algún momento dije que escribía para ti, te invito a que me ayudes a pensar, y hagamos de esto una reflexión colaborativa. Quizá puedas ayudarme contestando tú a otra pregunta:

¿Qué es realmente lo que quieres leer aquí?

Espero tu respuesta. Solo si quieres. Pero piensa que este baby-blog acaba de cumplir un añito, y sería un poco feo irte de la fiesta sin hacerle ningún regalo 😉

Namasté, ¡y que la Providencia te acompañe!

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¡No solo mi blog cumple años!  La semana pasada me organizaron una pequeña fiesta sorpresa por mis 25, en mi iglesia, en Madrid.  ¡Gracias a todos por las felicitaciones!

Capítulo 15: Caos y re-enamoramiento

“No se puede encontrar un nuevo orden si no se pasa por un caos”

¡Bendito caos…!

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Hoy ha sido el último día de cole para los niños de Legacy School. Es increíble lo rápido que ha pasado el curso, y me he dado cuenta de que, a lo largo de todo este tiempo, ¡a penas he dedicado una entrada a hablar sobre el cole y lo que estoy haciendo! Supongo que es porque el cole ocupa demasiado tiempo en mi mente a lo largo del día, y como que al llegar a casa lo último que me apetece es ponerme a hablar sobre cosas de trabajo, como a todo el mundo.

He sentido una sensación extraña mientras veía a los niños marcharse cargando sus mochilas llenos de libros, cuadernos, manualidades que habían hecho durante el curso, cartas de sus amigos y profes… Me puse a pensar en que este es mi “primer último día de cole” en el que yo no soy una de esas niñas que se va cargada a casa con todas sus cosas. Ahora lo veo todo a través de los ojos de una profe. Bueno, quizá no simplemente de una profe cualquiera.. Lo cierto es que nunca me imaginé del todo como una profe, pero mucho menos me habría imaginado que sería profe en unas circunstancias tan… distintas. ¿Quién me iba a decir que mi primera experiencia en un colegio de primaria sería aquí? ¿¿Tan lejos?? Solo en mis sueños se me hubiera ocurrido la posibilidad de que una profesión tan “corriente” me llevaría a vivir una de las aventuras más intensas de mi vida: la aventura de ser una profe extranjera. Justo hoy me ha preguntado una de mis niñas…

Ma’am, how do you say “foreigner” in Spanish?

“Extranjero”

Ma’am, “tu es extranjero”

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Me reí para mis adentros y me acordé de uno de los niños a los que daba clase cuando estaba como profe de prácticas en Estados Unidos. “Miss Fernandez (así me llamaban), your accent is so cute!” (¡Tu acento es muy bonito!). ¿¿Será que estoy destinada a ser la profe rara?? Es cierto que llevo aquí algo menos de un año, pero cada vez me cuesta más imaginarme cómo debe ser enseñar en un aula sin tener que hacerme entender a través de gestos, sin que los niños tengan que corregir mi inglés de vez en cuando, o sin que haya mil comentarios de por medio sobre la ropa que llevo puesta o lo distinto que hago todo lo que hago…

Ha sido un curso escolar lleno de retos y nuevas experiencias, pero lo cierto es que he aprendido muchísimo, y lo que es mejor, me ha provocado más ganas de seguir aprendiendo. Debo confesar que, aún siendo profe, más de una vez he menospreciado la labor que esta profesión supone, y no siempre he creído que yo tuviera la motivación más correcta, o fuera la persona “más capacitada” para enseñar. Y es que al final, ¿qué es enseñar? ¿qué hay tan apasionante en transmitir conocimientos sobre una asignatura que, en mi caso, es mi propio idioma materno? ¿por qué elegir una profesión aparentemente “facilonga” y en la que no es fácil medir el éxito y la evolución profesional…?

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Creo que si tuviera que resumir lo que han supuesto estos meses de primera experiencia como docente, utilizaría las palabras “caos y re-enamoramiento”. La primera parte creo que se explica por sí sola: adaptarme a la cultura india + adaptarme a la cultura del cole ha supuesto sumergirme de lleno en el caos de la India + el caos de un colegio internacional que, en cuanto a proceso de crecimiento, se podría decir que está en “plena adolescencia”. Así que en muchos sentidos, sí, ha sido un caos de los pies a la cabeza y ha habido más de una ocasión en la que me han dado muchas ganas de tirarme de los pelos y mandarlo todo a la porra.

Pero el caos también viene con el re-enamoramiento. El caso es que hoy, cuando veía a los niños marcharse con las mochilas cargadas, las sonrisas de oreja a oreja y alguna que otra lágrima de algún compañero que deja el colegio, me he dado cuenta de que durante estos meses ha habido algo que me ha re-enamorado poco a poco de aquella profesión que un día elegí sin saber realmente a dónde me llevaría. No sé cómo ha pasado, en medio de todo el caos que ha supuesto esta experiencia, que de repente me he encontrado a mi misma con la mirada perdida en los ojos de un niño, y he vuelto a ver el colegio con expectativa y esperanza para el futuro. Y sí, sé que este año me he peleado mucho con esta palabra, y quizá todavía tengo mis dudas sobre si es la esperanza o la fe lo último que se pierde, pero desde luego que el haber dedicado tiempo todos los días a enseñar y a aprender con personas (sí, porque los niños no son personitas, son personas) llenas de ilusión y ansias de vivir la vida, con curiosidad, con preguntas interesantes, con inocencia y la carencia de filtros…  Eso, de alguna forma, tiene algo fresco que se te contagia. Me he dado cuenta de que, al final del día, un maestro o maestra no es alguien que enseña algo, si no alguien que invierte tiempo de su vida para servir dentro de una comunidad de aprendizaje, para observar e intentar comprender las ideas, creencias y visión del mundo en el que viven los niños, ya sea a través de un idioma, una canción, un juego, a través de las matemáticas… Se trata de transmitirles el mensaje de que, al final, son ellos los que tienen que construir algo, y tienen que hacerlo juntos. Y que aunque nosotros, los adultos, estamos ahí para ayudarles y facilitarles el proceso, lo cierto es que no estaremos siempre. Les delegamos el mundo…si es que alguna vez algo de él nos ha pertenecido.

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Puede que esta sea hasta la fecha mi entrada más cursi. Y es que creo que los niños sacan mi lado más cursi. Los niños consiguen que en vez de mandar cosas a la mierda las mande a la porra.

Y me encanta. Me ha encantado ser profe.

Namasté.

Mujer – Elisabeth Sánchez


La bomba que se detona con una sola chispa.
Siento como suena el tic tac en mis entrañas.
Es la sensación de ser completamente vulnerable
y la certeza de que estoy quiera o no en esta batalla.

Mujeres del mundo, cómo os admiro,
que aún en lo más oscuro producís y cuidáis vidas.
Y el que crea que vivir adentro de estas curvas es fácil,
le invito a que pase la noche en el foso de los leones
e intente evitar como nosotras la locura.

Pues qué es sino este intento sentido.
¿Cómo hacemos para sondear este mar embravecido?
Abro los ojos y respiro… Abro los ojos y suspiro…
Queda un aliento en este cuerpo abatido,
camino hacia adelante recordando lo que soy,
seré y he sido.

Mujer.

Elisabeth Sanchez, creadora del blog Picnic int he Sun

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“He tomado una indecisión”

Hay libertad esperando por ti en las brisas del cielo, y tú preguntas: “¿y si me caigo?” Pero oh, amor. ¿Y si vuelas…?   
– Erin Hanson 

Vaya, no quería tirar tan pronto de la típica reflexión: “viajé y me encontré a mi misma” que te encuentras en el 80% de los blogs de viajes. Pero el hecho de que no quiera caer en el cliché no significa que no sea cierto. Viajar te hace descubrirte en cierto sentido, te hace encontrarte con áreas de tu carácter que quizá no ves de forma tan obvia en medio de tu cotidianidad, o cuando todo está más o menos “bajo control”. Supongo que es porque cuando sales de tu zona de confort, ya sea porque viajas, te independizas, o porque cambias de trabajo (¡o todo a la vez!) te encuentras a ti mismo en situaciones en las que no estás protegido o condicionado por tu entorno familiar, y no te queda más remedio que pensar, actuar y decidir siendo 100% tú mismo, independiente. Y te digo la verdad: me he llevado más de una sorpresa dándome cuenta de algunas cosas sobre mi misma que desconocía o de las que no me acordaba. Y es que es ciertamente en ese proceso incómodo pero a la vez gratificante y liberador de salir de la comodidad y el calor del nido.. que uno se encuentra a sí mismo en todo su esplendor, con lo mejor de sus encantos y lo peor de sus miserias…

Bueno, otro día dedicaré una entrada a un ejercicio retroinspectivo más completo. Hoy solo quería comentarte que, especialmente últimamente, me estoy enfrentando cada día a una característica de mi personalidad que en realidad ya conocía, pero que nunca me había resultado tan obvia y molesta como ahora:

Mi incapacidad para tomar decisiones.

En serio, qué puñetera maldición. Me cuesta horrores tomar decisiones. Y ya no me refiero a cosas importantes, que supongo que todos nos vemos en esos momentos de incertidumbre de vez en cuando. Es algo más, es que me estoy dando cuenta de que la indecisión es una constante en mi día a día que determina más aspectos de mi vida de lo que quisiera pensar. Es despertarme algunas mañanas y no desayunar porque no soy capaz de decidir qué quiero desayunar. Es dejar que pidan por mi en un restaurante para no tener que elegir lo que quiero comer. Es no comprarme ropa en más de un año por no tener que pensar en qué estilo me gusta más, es tener las puntas abiertas durante meses porque no puedo ir a la peluquería sin haber decidido exactamente lo que quiero hacerme en el pelo. Es quedarme en casa un viernes por la noche por no tener que decidir entre dos planes que me han propuesto. Es no escribir en el blog porque no soy capaz de decidir qué quiero contarte… o cómo quiero contártelo.

Sé lo que estás pensando. ¿No será que además de indecisa eres un poco vaga…? Sí, en parte puede ser. Soy una persona más reactiva que proactiva, me dejo llevar por el viento cual Pocahontas y no me gusta tener que tomar el control o las riendas de las circunstancias (¿evadir responsabilidades? Yes). Pero oye, no pienses que son todo desventajas. Este aspecto de mi personalidad también va de la mano de que soy una persona muy flexible, muy adaptable a las circunstancias, muy paciente, muy resistente. Soy camaleónica a más no poder, y eso me ayuda, a veces, a sobrevivir en un mundo cambiante y difícil… como la India.

Pero tiene sus perrerías. Sobre todo cuando te encuentras en uno de esos momentos en los que la vida te acorrala para que tomes decisiones en las que no puedes depender de nada más que de ti mismo y de tu decisión. Esos momentos en los que el viento no sopla hacia ninguna parte y la abuela Sauce parece haberse marchado de vacaciones. Tus padres no pueden decidir por ti, tus profesores o tus jefes no pueden decidir por ti, tus amigos no pueden decidir por ti y tus circunstancias no pueden decidir por ti. Estás tú, sola ante la incertidumbre de la vida sin saber “qué camino elijo yo…♪” (ok, última alusión a Pocahontas).

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Todos nos encontramos en esos momentos alguna vez, pero si encima eres como yo, indecisa, reactiva y dependiente, puede que caigas en una pequeña especie de bloqueo existencial de vida y muerte y naturalmente te paralices. Y si eres como yo, quizá te identifiques con el hecho de que, en esos momentos, tu tendencia natural va a ser más hacia la dispersión que hacia la concentración. En vez de pararte a pensar, tu cerebro lo que va a hacer es pedirte vídeos de Youtube, nuevos amigos, mucho trabajo, planes o situaciones que ayuden a evadirte inconscientemente de que la vida te está pidiendo a gritos que tomes las riendas y decidas algo. 

Este último mes en Bangalore ha sido un mes… intenso. No sabes la de entradas que he empezado en el blog, literalmente, gritando por escrito. Algo así como: SJAKJKSKSJKSK!!! KDWLSklDAKLDAKLKDLAJ!!!!!! AAAAAAAAAAAKSKAWWRGHHHHHHH! De verdad, que he empezado a escribir cosas que he tenido que aparcar de forma definitiva en “Borradores” por su contenido inapropiado de “demasiadas verdades subjetivas/reveladoras que van a terminar siendo contraproducentes”. El caso es que me he encontrado varias veces este mes con mi mundo patas arriba esperando a que yo mueva la siguiente ficha, y finalmente, puedo decir que he tomado varias decisiones… Y también algunas indecisiones.

“He tomado una indecisión”. La historia de mi vida.

Y es que, quieras que no, no decidir también es una decisión. Dejarse llevar (suena demasiado bien…♫) es una decisión tanto o más determinante que las decisiones que no tomas. Y está bien, es una opción más, pero lo que he aprendido es que las consecuencias de una indecisión pueden ser igual de fuertes que las de una decisión, ya sea buena o mala (si es que realmente se pueden categorizar así las decisiones). ¿Por qué, entonces, muchas veces decidimos no decidir? Pues no sé si se aplica a todo el mundo, pero te voy a decir por qué creo que es en mi caso, y es básicamente por miedo. Un profundo, irracional y acosador miedo al error. Y creo que esto es muy común en personas que somos de alguna manera un poco perfeccionistas, o que de pequeños hemos tenido una experiencia muy competitiva en el cole… O por qué no, también lo diré, creo que a los que nos hemos criado dentro de la “cultura de Iglesia” tampoco se nos ha favorecido mucho el aprendizaje por ensayo y error, por así decirlo. Es posible que me equivoque, pero pienso que en parte este factor también ha generado más miedo y más presión a la hora de tomar decisiones, y es que éstas además de ser acertadas tienen que ser sabias, racionales y a la vez estar en sintonía con un propósito espiritual de fondo… 

No voy a entrar en los detalles del relato porque no lo considero oportuno, pero me gustaría compartirte que antes de la India viví una etapa demasiado larga de mi vida bloqueada por una indecisión, simplemente porque era incapaz de aceptar el hecho de que podía equivocarme. La idea me paralizaba, me aterrorizaba. Suena muy enfermizo, lo sé, pero finalmente me ayudó a aprender una de las lecciones más duras y a la vez más útiles y bonitas de mi vida: Y es que a veces vale la pena equivocarse. A veces vale la pena tropezar más de una vez con la misma preciosa y jodida piedra, porque lo que vives y lo que aprendes en el proceso de aprendizaje es demasiado valioso como para arrepentirte de haberte equivocado. Que a veces te levantas con más fuerza de una caída de lo que nunca hubieras podido elevarte al estar obsesionado por caminar en línea recta, que a veces arriesgarte al error y tomar un desvío es la única forma de encontrar tu propio camino…

Mi mal consejo (o consejo para que cojas con pinzas, como todos los que doy): Equivócate más, si es necesario. Aprenderás a desdramatizar el error y a que no se convierta en la proyección de todos tus miedos, en la obsesión de un fantasma imposible de vencer. Prueba, cae, llora, cambia, prueba otra vez, sufre, decide. Decide e invita a las consecuencias de tus decisiones a ser parte de tu vida y a construirte como persona.

Puede que te caigas. Varias veces. Pero aprenderás a volar.

Y aprovecho para compartir que este mes tomé la decisión (¿o la indecisión?) de ampliar el contrato con el cole y quedarme un añito más por la India.

Namasté, y que la Providencia te acompañe y te guíe en tus decisiones e indecisiones 😉

Abi: Lo que de la India me llevé

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Querida Consu:

Llevo muchos días dándole vueltas a esta entrada, pensando y pensando, y al final lo único que consigo es volver una y otra vez a la misma pregunta: ¿cómo lo haces? ¿Cómo te las apañas para detenerte de vez en cuando en medio del océano de anécdotas, impresiones y sensaciones en el que vives y ponerte a escribir? Sinceramente, después de pasar un mes contigo en la India estoy dispuesta a creer que en realidad fueron seis meses, y que alguien me está tomando el pelo con los calendarios. Es la única explicación que se me ocurre para que todas esas experiencias que veo cuando vuelvo la vista atrás tengan cabida en solo treinta días.

No creo que valga la pena intentar hacer un resumen de este viaje. Me conozco, y sé que la brevedad no es lo mío. Tampoco creo que sirva de mucho intentar pintar una imagen fiel de la India, de sus costumbres y de su cultura: para eso ya tienes muchas otras entradas en este blog, y, de todas formas, dudo mucho que en solo un mes pueda hacerme una idea de todo lo que entraña este país. Ni cien viajes en rickshaw, ni doscientos platos de dahl con arroz, ni mil palabras mal pronunciadas en kannada van a prepararme para hacer una descripción cercana a la realidad. No soy Dominique Lapierre, y tampoco lo pretendo. Lo único que aspiro a hacer en esta entrada, y el verdadero motivo por el que he decidido al menos intentar escribir algo, averiguar si tengo alguna respuesta para aquella pregunta que me lanzaste varias veces a lo largo de este viaje:

¿Qué te llevas de la India?

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Sé que es una pregunta que se les hace a todos los que pasan un tiempo allí, pero para mí en particular resulta muy interesante. Porque, honestamente, la India no es uno de esos países que yo haya querido conocer durante toda mi vida. No la ignoraba completamente, por supuesto, ni era ajena a ciertos aspectos de su historia y su cultura. Pero no me despertaba ningún interés especial, y de hecho nunca la incluí en una de las muchas «Listas de países que quiero conocer algún día» que he elaborado desde pequeña. No sé muy bien por qué, aunque lo sospecho. Cuando reflexiono sobre ello, no puedo evitar acordarme de lo que decía Sandra Cisneros en su novela La casa en Mango Street: «La gente que vive en las colinas duerme tan cerca de las estrellas que olvida a aquellos que viven muy cerca de la tierra. No miran abajo nunca, salvo para alegrarse de vivir en las colinas».

Por eso debo admitir que cuando me enteré de que iba a tener la oportunidad de pasar las Navidades contigo sentí una gran alegría, pero también, al menos cuando empecé a pensar en ello, cierta inquietud. No podía evitar preguntarme qué iba a encontrar en la India, y si realmente iba a estar preparada para ello. «¿Qué voy a descubrir sobre mí misma y sobre la cultura en la que vivo? ¿Y si no me gusta? ¿Y si, una vez que abra los ojos a esa realidad, me resulta imposible volver a cerrarlos?».

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Tengo que admitir que, en medio de todas estas reflexiones, nunca me imaginé que iba a disfrutar de la India tanto como lo hice.

Cuando me presentabas a tus amigos, yo les decía lo mismo a casi todos: «He venido a averiguar qué tiene la India para que mi hermana haya decidido quedarse». Y sí, lo decía medio en broma, pero también, lo reconozco, con cierta intriga. ¿Por qué quedarse a vivir en un país donde hay tantas dificultades? ¿Por qué meterte de lleno en una cultura tan distinta, llena de cosas que no entendemos, y que quizá no entendamos nunca? «La India es un país de contrastes», recuerdo que decías en una de tus entradas. ¡Y tanto! ¿Acaso es posible llegar a acostumbrarse a un lugar tan heterogéneo?

Parece, sin embargo, que no es necesario acostumbrarse a la India para encontrarla cautivante.

¿Qué te llevas de la India, Abi? Hoy, dos semanas después de volver, sentada frente a mi cuaderno, esa pregunta sigue siendo tan difícil de contestar como cuando me la hiciste en un rickshaw saliendo de la Fundación Vicente Ferrer. Porque sé que no puedo meter en una maleta la alegría de los niños que corrían hacia nosotras en las aldeas de Anantapur, ni la amabilidad de las familias que nos cogieron en sus casas (a veces a horas intempestivas…), ni la amistad que tantas personas me regalaron sin reservas nada más conocerme. Y, aunque pudiera, ¿acaso los que vivimos en las colinas podemos arrancar trozos de tierra y llevárnoslos en los bolsillos como simples souvenirs? ¿Podemos poseer recuerdos y convertirlos en moralejas, discursos sobre la vida o álbumes de fotos? Creo que es difícil. Sobre todo, cuando en un lugar donde solo esperabas verte abrumada por la necesidad de otros has acabado aprendiendo sobre tu propia necesidad.

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Estoy desvariando, lo sé. Es mi especialidad. Pero lo que estoy intentando decir es que, si bien podría nombrar muchas cosas que «me llevo» de la India, creo que sería más acertado decir que la India se ha quedado con una parte de mí. Ya no podré volver a pensar en ella como «ese país del que sé muy poco y del que tampoco me interesa descubrir mucho más». Ahora es un lugar donde he dejado amigo, historias, huellas de caminos recorridos, imágenes de conmovedora belleza… y, al menos por el momento, familia. Y creo que también conozco la respuesta a mi pregunta de por qué has elegido quedarte allí: seguramente te ha sucedido algo similar.

No sé qué significará esto para nuestras vidas en el futuro, o si hay algún límite para el número de países donde podemos dejar trozos de nosotras mismas antes de volvernos locas (bueno, más). Pero sé que estoy feliz, agradecida y cambiada por esta experiencia, y que a partir de ahora leeré tu blog con una mirada muy diferente, sabiendo que he formado parte de esta aventura e incluso he tenido el honor de escribir uno de sus capítulos. Y, si Dios quiere, espero que no sea el único.

¡Namasté!

Abi

 

El mensaje

Hay un mensaje escondido en el viento

que surca los mares, cabalga los montes.

Un secreto enterrado en un campo, en medio del desierto.

Una voz que susurra en lo profundo del alma,

Una pequeña llama viva.

.

Hay un mensaje que traspasa la historia.

Un misterio en el tiempo, un rayo de sol,

Una palabra de paz, un grito silencioso,

Un color que destruye los blancos y negros.

Un color en el gris…

.

Hay un mensaje que sobrevive a los libros,

A las culturas, a las religiones.

Un mensaje que atraviesa cristales de iglesias,

Que enmudece los cantos de las mezquitas,

Que hace eco en lo infinito de los templos.

.

Hay un mensaje camuflado en la mirada

empañada de empatía,

En la mano extendida que ofrece su nada.

En el viento que sopla en la distancia entre tú y yo,

Entre tu dolor y el mío.

.

Hay un mensaje que vuela y desgarra.

Una semilla pequeña, no sé si de mostaza.

Que acerca dos vidas,

Que acerca dos mundos,

Un ladrón en la noche.

.

Hay un mensaje de amor que transforma,

Que rebalsa, rebosa. Que no se contiene.

Una luz en la mesa que alumbra una casa,

Una pizca de sal que sana la herida

Que hay en ti. Que hay en mi.

Pequeñas llamas vivas…

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30 de Diciembre de 2016,

Poema en el coche, de camino a conocer un proyecto de la Fundación.