“He tomado una indecisión”

Hay libertad esperando por ti en las brisas del cielo, y tú preguntas: “¿y si me caigo?” Pero oh, amor. ¿Y si vuelas…?   
– Erin Hanson 

Vaya, no quería tirar tan pronto de la típica reflexión: “viajé y me encontré a mi misma” que te encuentras en el 80% de los blogs de viajes. Pero el hecho de que no quiera caer en el cliché no significa que no sea cierto. Viajar te hace descubrirte en cierto sentido, te hace encontrarte con áreas de tu carácter que quizá no ves de forma tan obvia en medio de tu cotidianidad, o cuando todo está más o menos “bajo control”. Supongo que es porque cuando sales de tu zona de confort, ya sea porque viajas, te independizas, o porque cambias de trabajo (¡o todo a la vez!) te encuentras a ti mismo en situaciones en las que no estás protegido o condicionado por tu entorno familiar, y no te queda más remedio que pensar, actuar y decidir siendo 100% tú mismo, independiente. Y te digo la verdad: me he llevado más de una sorpresa dándome cuenta de algunas cosas sobre mi misma que desconocía o de las que no me acordaba. Y es que es ciertamente en ese proceso incómodo pero a la vez gratificante y liberador de salir de la comodidad y el calor del nido.. que uno se encuentra a sí mismo en todo su esplendor, con lo mejor de sus encantos y lo peor de sus miserias…

Bueno, otro día dedicaré una entrada a un ejercicio retroinspectivo más completo. Hoy solo quería comentarte que, especialmente últimamente, me estoy enfrentando cada día a una característica de mi personalidad que en realidad ya conocía, pero que nunca me había resultado tan obvia y molesta como ahora:

Mi incapacidad para tomar decisiones.

En serio, qué puñetera maldición. Me cuesta horrores tomar decisiones. Y ya no me refiero a cosas importantes, que supongo que todos nos vemos en esos momentos de incertidumbre de vez en cuando. Es algo más, es que me estoy dando cuenta de que la indecisión es una constante en mi día a día que determina más aspectos de mi vida de lo que quisiera pensar. Es despertarme algunas mañanas y no desayunar porque no soy capaz de decidir qué quiero desayunar. Es dejar que pidan por mi en un restaurante para no tener que elegir lo que quiero comer. Es no comprarme ropa en más de un año por no tener que pensar en qué estilo me gusta más, es tener las puntas abiertas durante meses porque no puedo ir a la peluquería sin haber decidido exactamente lo que quiero hacerme en el pelo. Es quedarme en casa un viernes por la noche por no tener que decidir entre dos planes que me han propuesto. Es no escribir en el blog porque no soy capaz de decidir qué quiero contarte… o cómo quiero contártelo.

Sé lo que estás pensando. ¿No será que además de indecisa eres un poco vaga…? Sí, en parte puede ser. Soy una persona más reactiva que proactiva, me dejo llevar por el viento cual Pocahontas y no me gusta tener que tomar el control o las riendas de las circunstancias (¿evadir responsabilidades? Yes). Pero oye, no pienses que son todo desventajas. Este aspecto de mi personalidad también va de la mano de que soy una persona muy flexible, muy adaptable a las circunstancias, muy paciente, muy resistente. Soy camaleónica a más no poder, y eso me ayuda, a veces, a sobrevivir en un mundo cambiante y difícil… como la India.

Pero tiene sus perrerías. Sobre todo cuando te encuentras en uno de esos momentos en los que la vida te acorrala para que tomes decisiones en las que no puedes depender de nada más que de ti mismo y de tu decisión. Esos momentos en los que el viento no sopla hacia ninguna parte y la abuela Sauce parece haberse marchado de vacaciones. Tus padres no pueden decidir por ti, tus profesores o tus jefes no pueden decidir por ti, tus amigos no pueden decidir por ti y tus circunstancias no pueden decidir por ti. Estás tú, sola ante la incertidumbre de la vida sin saber “qué camino elijo yo…♪” (ok, última alusión a Pocahontas).

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Todos nos encontramos en esos momentos alguna vez, pero si encima eres como yo, indecisa, reactiva y dependiente, puede que caigas en una pequeña especie de bloqueo existencial de vida y muerte y naturalmente te paralices. Y si eres como yo, quizá te identifiques con el hecho de que, en esos momentos, tu tendencia natural va a ser más hacia la dispersión que hacia la concentración. En vez de pararte a pensar, tu cerebro lo que va a hacer es pedirte vídeos de Youtube, nuevos amigos, mucho trabajo, planes o situaciones que ayuden a evadirte inconscientemente de que la vida te está pidiendo a gritos que tomes las riendas y decidas algo. 

Este último mes en Bangalore ha sido un mes… intenso. No sabes la de entradas que he empezado en el blog, literalmente, gritando por escrito. Algo así como: SJAKJKSKSJKSK!!! KDWLSklDAKLDAKLKDLAJ!!!!!! AAAAAAAAAAAKSKAWWRGHHHHHHH! De verdad, que he empezado a escribir cosas que he tenido que aparcar de forma definitiva en “Borradores” por su contenido inapropiado de “demasiadas verdades subjetivas/reveladoras que van a terminar siendo contraproducentes”. El caso es que me he encontrado varias veces este mes con mi mundo patas arriba esperando a que yo mueva la siguiente ficha, y finalmente, puedo decir que he tomado varias decisiones… Y también algunas indecisiones.

“He tomado una indecisión”. La historia de mi vida.

Y es que, quieras que no, no decidir también es una decisión. Dejarse llevar (suena demasiado bien…♫) es una decisión tanto o más determinante que las decisiones que no tomas. Y está bien, es una opción más, pero lo que he aprendido es que las consecuencias de una indecisión pueden ser igual de fuertes que las de una decisión, ya sea buena o mala (si es que realmente se pueden categorizar así las decisiones). ¿Por qué, entonces, muchas veces decidimos no decidir? Pues no sé si se aplica a todo el mundo, pero te voy a decir por qué creo que es en mi caso, y es básicamente por miedo. Un profundo, irracional y acosador miedo al error. Y creo que esto es muy común en personas que somos de alguna manera un poco perfeccionistas, o que de pequeños hemos tenido una experiencia muy competitiva en el cole… O por qué no, también lo diré, creo que a los que nos hemos criado dentro de la “cultura de Iglesia” tampoco se nos ha favorecido mucho el aprendizaje por ensayo y error, por así decirlo. Es posible que me equivoque, pero pienso que en parte este factor también ha generado más miedo y más presión a la hora de tomar decisiones, y es que éstas además de ser acertadas tienen que ser sabias, racionales y a la vez estar en sintonía con un propósito espiritual de fondo… 

No voy a entrar en los detalles del relato porque no lo considero oportuno, pero me gustaría compartirte que antes de la India viví una etapa demasiado larga de mi vida bloqueada por una indecisión, simplemente porque era incapaz de aceptar el hecho de que podía equivocarme. La idea me paralizaba, me aterrorizaba. Suena muy enfermizo, lo sé, pero finalmente me ayudó a aprender una de las lecciones más duras y a la vez más útiles y bonitas de mi vida: Y es que a veces vale la pena equivocarse. A veces vale la pena tropezar más de una vez con la misma preciosa y jodida piedra, porque lo que vives y lo que aprendes en el proceso de aprendizaje es demasiado valioso como para arrepentirte de haberte equivocado. Que a veces te levantas con más fuerza de una caída de lo que nunca hubieras podido elevarte al estar obsesionado por caminar en línea recta, que a veces arriesgarte al error y tomar un desvío es la única forma de encontrar tu propio camino…

Mi mal consejo (o consejo para que cojas con pinzas, como todos los que doy): Equivócate más, si es necesario. Aprenderás a desdramatizar el error y a que no se convierta en la proyección de todos tus miedos, en la obsesión de un fantasma imposible de vencer. Prueba, cae, llora, cambia, prueba otra vez, sufre, decide. Decide e invita a las consecuencias de tus decisiones a ser parte de tu vida y a construirte como persona.

Puede que te caigas. Varias veces. Pero aprenderás a volar.

Y aprovecho para compartir que este mes tomé la decisión (¿o la indecisión?) de ampliar el contrato con el cole y quedarme un añito más por la India.

Namasté, y que la Providencia te acompañe y te guíe en tus decisiones e indecisiones 😉

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4 comentarios en ““He tomado una indecisión”

  1. Me pareceque encontrar el equilibrio perfecto entre decidir o dejarse llevar es precisamente la inalcanzable meta de la vida. Nos va a costar toda la vida aprender.
    Me viene a la mente un viaje en velero… Puedes guiarlo con motor cuando las aguas estan tranquilas, puedes tratar de aprovechar los vientos para “mas o menos guiarte a tu destino” y a veces solo puedes intentar que la tormenta no te destruya.
    Igual, es importante tener un rumbo. Aunque despues te pase como a Colon y yendo a India acabes descubriendo América =)

    Decidas lo que decidas acuerdate que tienes la radio a bordo para comunicarte con nosotros en cualquier situacion. Beso!

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  2. Gracias por animarme a no temer cometer equivocaciones. Me llega al corazón. Otra cosa que a mi me pasa es que idealizo tanto que la realidad se me antoja pobre, incompleta, siempre a mejorar. Y a la hora de tomar la decisión te das cuenta de que el resultado no se asemeja al ideal en tu cabecita. Por eso prefieres posponer la decisión, ni vaya a ser que surga una posibilidad mejor. Y al final ahí te quedas esperando un tren que nunca va a llegar porque tu destino no existe.

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